—Las funciones esenciales de estos seres—continuó el profesor—son, en efecto, la nutrición y el amor, y por ellas debiera caracterizárseles. Es cierto que ambas son necesidades primordiales de todas las especies y que el hambre y la pasión sexual (doña Asunción se ruborizó) son los instintos primarios del hombre; pero en pocos animales alcanzan la intensidad que en el conejo, la liebre y el lepórido. Los antiguos romanos habían consagrado la liebre a Venus y tenían su carne por un manjar afrodisíaco...

Y el privat docent de Upsala siguió ensartando con su ingenuidad de sabio una serie de detalles procaces sobre las fornicaciones y el régimen poligámico de los conejos y los románticos torneos amatorios de las liebres.

Doña Asunción, que escuchaba en silencio el escabroso relato, mientras acariciaba con mano trémula las sedosas orejas de su protegido, se levantó precipitadamente al oír el aviso para el almuerzo. Don Pepe o don Juan, como se quiera llamarlo, la siguió a grandes trancos, moviendo cómicamente las orejas y el rabo, convencido de que aun podía agradar a su dueña con sus morisquetas y sus gracias infantiles.

Pero desde la sabia disertación del jardín, don Pepe fué para la opulenta patrona la bestia disoluta, el macho cruel y egoísta, el incestuoso y filicida, el amante insaciable y seductor satánico que los poetas han idealizado en el retrato de Don Juan. No volvió jamás a acariciarle en público; sólo unas pocas veces, a escondidas, lo estrechó contra su pecho, y besándole nerviosamente, le dijo: «¡Monstruo!...»

CAPITULO XIII
EL HONOR DE LOS PUEBLOS

El almuerzo preparado por doña Asunción en homenaje del sabio bacteriólogo debía ser su obra maestra; pero, como tantas otras obras maestras, quedó inconclusa.

A mediados de la comida dos personas reclamaron insistentemente entrevistarse sin retardo con el profesor. Herrlin abandonó su asiento de honor y se encerró con los dos visitantes.

—Deben de ser periodistas—dijo la patrona para explicarse la inoportunidad de su arribo.

Eran, efectivamente, dos periodistas de la Redacción de El León de Castilla, que venían, en nombre de su director, D. Cástulo Z. Pérez de Manara, a retar a duelo al profesor doctor Augusto Herrlin por las expresiones denigrantes con que en su discurso de la víspera habíase referido a la madre patria. Pérez de Manara, que continuaba con honor y provecho la tradición combativa del periodismo español en el Río de la Plata, creía que la substitución del león heráldico, emblema de la nobleza y el valor castellanos, por el conejo de las medallas de la época de Adriano, y el calificativo de «conejera» (cuniculosa) dado a la hidalga nación eran afrentas que sólo podían lavarse con la sangre del profesor sueco.

—Pero, señores, si no hay ofensa alguna...