De vuelta de la ceremonia, doña Asunción se sentó a la mesa para la comida de la noche, pero no probó bocado. Tenía de comensal único al silencioso empleado de la casa de óptica, gracias a lo cual pudo reflexionar con detención. Las tareas domésticas no le dejaban, por lo general, tiempo para hacerlo, y no advirtió así, hasta aquella noche, el lugar que el ilustre profesor sueco había llegado a ocupar en su casa y en su corazón.

Contemplando el asiento vacío del ausente, se dió a pensar en lo desiertos que serían sus días cuando el profesor, concluída su misión, retornara a su país. No tendría ya la preocupación cotidiana de que estuvieran listos a las ocho en punto el tazón de café con leche y crema, las tostadas con mermelada y la copa de Oporto que componían su desayuno ordinario. No debería ya vigilar para que a las once y media se sirviera el almuerzo y para que a las tres de la tarde se le enviase el te con leche, las rebanadas de pan negro con manteca y de pan candeal con miel, junto con la copita de coñac a que estaba habituado. Recordaría en vano que a las cinco y media volvía a tomar te solo con bizcochos y que exigía regularmente la última comida a las ocho de la noche. Y hasta llegaría a olvidar que las veladas de invierno, en torno de la estufa, se distinguen de las sobremesas estivales porque en un caso el ponche debe estar bien caliente, y en el otro, la cerveza bien helada...

Don Augusto—como había acabado la patrona por llamarle—sabía apreciar la delicadeza de la vida doméstica. Cuando ella misma arreglaba su habitación, limpiaba el polvo de los libros y ponía un búcaro de flores sobre la estantería, el sabio, aunque hubiera estado ausente, reconocía su mano y le daba las gracias con una efusión infantil.

No; no era como esos ogros de medicina, que llenaban los cajones de las mesas de luz con trozos de cadáveres, ni como el historiador Inclán-Zavaleta, que colgaba las medias de las perillas de la cama.

Y absorta en tales reflexiones melancólicas, doña Asunción se quedó hasta muy tarde sentada ante la mesa.

Sin embargo, al día siguiente no eran todavía las siete de la mañana cuando la diligente patrona andaba ya revolviendo entre los trastos de la cocina y traía al trote a la cocinera y a la sirvienta. El zafarrancho culinario duró hasta media hora antes de la señalada para el almuerzo, en que doña Asunción, habiendo dejado todo dispuesto, se sentó a descansar en el jardín.

Don Pepe, que andaba retozando por allí, fué a tenderse a sus pies. Así, toda encendida aún por el resplandor de los fogones, con la arrogante expresión de una dueña de casa que acaba de imponerse, humillándola, a una cocinera levantisca; la matinée, que señalaba, sin destacarlas, sus líneas opulentas, y el conejo extendido a sus plantas, le pareció al privat docent la figura, acuñada en medallas bajo el reinado de Adriano, que representaba, como se sabe, la Hesperia de los latinos. Augusto Herrlin estuvo por llamarla «madre de pueblos» y «genio de una raza voluptuosa y marcial»; pero recordó que era soltera y temió ofender su pudor.

Nuestro buen profesor no era locuaz; pero estaba dominado aún por la excitación del día anterior y necesitaba desahogarla en palabras. Así que, fijándose en el animal, comenzó a decir:

—Este conejo, de la variedad «gigantea», apellidado vulgarmente «gigante de Flandes», por su nombre científico Lepus cuniculus giganteus, y que se distingue de las otras especies monstruosas por sus orejas más pequeñas y erectas, no debía llamarse don Pepe, sino don Juan.

—¿Por qué, don Augusto?—preguntó suavemente la patrona.