Herrlin, abandonando la bacteriología, se entró por el terreno de las ciencias históricas e hizo la síntesis de la lucha constantemente renovada entre la humanidad y el conejo. Apelando al testimonio de Strabon, recordó que en tiempos de Augusto los habitantes de las islas Baleares y de Lípari y los de la Península Ibérica impetraron el auxilio de las invictas legiones romanas para combatir la plaga leporina, y que los tenaces roedores habían derribado, socavando sus cimientos, las murallas ciclópeas de Tarragona.
Además señaló con ironía el hecho singular de que esta fecunda y extendida especie animal había conseguido dar su nombre a la nación más caballeresca de la historia.
Los filólogos afirman, en efecto, que la palabra España significa conejo, porque este animal se llamaba «Saphan» en hebreo, término que los fenicios convirtieron en Sphania y los latinos en Hispania, España.
«Tengamos presente asimismo—agregó—que Cátulo llama a España «cuniculosa» (conejera) y que dos medallas acuñadas bajo el reino de Adriano representan a esta nación en figura de mujer teniendo a sus pies un conejo pequeño.»
El profesor continuó describiendo las diversas formas de persecución al conejo a través de las edades, y remató encarándose con el presidente de la República y dirigiéndole las mismas palabras que el «maire» de una población rural dedicó a Napoleón III: «Señor: Disponed la inmediata destrucción de todos los conejos y habréis realizado el acto más grande del reinado de V. M.»
Una salva de aplausos acogió esta elocuente incitación final; el presidente hizo a la vez un ademán de aquiescencia y de agradecimiento (Herrlin le había dado el tratamiento de Vuestra Majestad), y la concurrencia, fatigada por cuatro horas de plantón, se precipitó desenfrenadamente hacia la sala del lunch.
Las ponderaciones de los oradores sobre el apetito formidable de los conejos debían haber despertado en el público una noble emulación. Sólo quien haya arrojado a la madrugada en una conejera populosa un brazado de frescas hojas de escarola puede formarse una pálida imagen de cómo desaparecieron las pirámides de dulces, frutas secas y sándwichs que cubrían de un extremo a otro la amplia mesa de operaciones del Instituto.
CAPITULO XII
«DON JUAN»
Al día siguiente, en la casa de doña Asunción se festejaba con un almuerzo excepcional la inauguración del Instituto.
La patrona se había propuesto celebrar el acontecimiento con una comida el día mismo de su feliz realización; pero hubo que postergarla porque el profesor Herrlin recibió, por primera vez desde su llegada a Buenos Aires, una invitación de Simón Camilo Sánchez, e Inclán-Zavaleta, de su lado, se había comprometido a asistir a la lectura de un drama histórico del doctor David Peña.