Después de las presentaciones de rigor, Herrlin mostró al presidente todas las dependencias del local, y tras esta recorrida, los funcionarios fueron a ocupar el estrado que se había construído en el parque frente a las conejeras aún vacías. Allí, sin defección alguna, se llevó a cabo el programa concertado por Simón Camilo Sánchez, que constaba de las siguientes partes:

1.º Himno nacional.

2.º Discurso de su excelencia el señor ministro de Agricultura.

3.º Discurso del presidente de la Comisión de Agricultura de la H. Cámara de Diputados.

4.º Discurso del director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura.

5.º Discurso del presidente de la Sociedad Rural.

6.º Discurso del profesor doctor Augusto Herrlin, director del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola.

7.º Lunch.

La concurrencia se agolpó en torno del estrado y aguantó a pie firme el formidable chubasco oratorio. Según la opinión de D. José María de Inclán-Zavaleta, los cuatro discursos que precedieron al de su amigo Herrlin no valían la pena de oírse; eran la reedición de todo cuanto venía diciéndose sobre el conejo desde que este animalito entrara en el círculo de las preocupaciones gubernamentales. Y más que nada eran ponderaciones infinitas sobre su voracidad. El apetito de los conejos arrancaba a los oradores elocuentes expresiones de reprobativa admiración.

En cambio, la breve peroración del profesor sueco suscitó el entusiasmo de D. José María de Inclán-Zavaleta.