«¡Que se nos muestre el cadáver de un solo conejo! ¡Que se nos informe sobre los resultados del cocobacilo!», gritaban los energúmenos a cada nuevo pedido de fondos.

Ante tales simplistas argumentos, toda elocuencia era vana, y el ministro tuvo que confesar que, por escasez de recursos, aun no se había hecho uso del cocobacilo. Todo el mundo lo sabía; pero todo el mundo creyó necesario asombrarse.

Fué así como ese año se acordaron ocho millones de pesos para la prosecución de la lucha contra el conejo y se incluyó en la ley de Presupuesto un artículo mandando iniciar los trabajos para la difusión del germen fatal.

Convertido en hombre de confianza del ministro, que había puesto a un lado a Simón Camilo Sánchez por no haber tenido éste la previsión de organizar una exposición de cadáveres de conejos, Herrlin terminó en pocas semanas la instalación de un modesto laboratorio bacteriológico.

La nueva dependencia del Departamento de Protección Agrícola ocupó una amplia casa-quinta en la Floresta.

Se inauguró un día a fines del invierno. El sol tibio, el cielo de un celeste esplendoroso, los árboles ostentando el verde claro de las hojas nuevas y el vaho leve de polen que venía del jardín anunciaban la primavera.

El profesor Herrlin también la anunciaba por la verbosidad con que acogía a todos los invitados, por el brillo inusitado de su levita académica, por el optimismo con que consideraba el futuro, por su ansia incontenible de consagrarse a la preparación de caldos de cultivo y a ensayos de la virulencia de sus bacilos, por la impaciencia con que esperaba la iniciación de la ceremonia inaugural.

A su alrededor todo parecía también anunciar la primavera: las letras de oro del frente del edificio, que refulgían al sol; las banderas, que una brisa suave desplegaba amorosamente; los vistosos tocados de las mujeres que discurrían por el jardín... A pesar de las prevenciones de sus maestros contra la ilusión antropocéntrica, Herrlin vinculaba ese esplendor de la naturaleza a la buena fortuna de su cocobacilo (Cocobacillus cuniculosum), que iba por fin a poder expandirse libremente por el territorio de la República.

Herrlin había invitado a la fiesta a su patrona y a sus compañeros de pensión. Doña Asunción, de gran gala, acompañada por D. José María de Inclán-Zavaleta, visitó detenidamente las dependencias del local; los dos estudiantes de medicina, que tomaban por primera vez en serio las funciones oficiales del profesor, le ayudaron en sus atenciones sociales, y el empleado de Lutz y Schulz, que faltaba por primera vez a su trabajo en un día ordinario, pasó la tarde presa de graves remordimientos.

La inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola había sido fijada para las dos de la tarde. A las tres el ministro telefoneaba que se disponía a salir junto con el presidente; a las cuatro mandaba anunciar que se ponía en camino, y a las cinco, envuelta en las sombras del crepúsculo, la comitiva oficial hacía su entrada en la quinta.