—¡Por favor, míster!... ¡No me lo mate!... ¡Animalito de Dios! ¡¡Si es inocente!!

El profesor, volviendo la cabeza, accedió a las súplicas de su patrona. Comprendió que don Pepe era el animal tutelar de la casa y que había estado a punto de cometer un sacrilegio. Envainó el estoque y pidió disculpas a doña Asunción.

Fué así cómo, contratado para matar conejos, el profesor Herrlin, a los pocos meses de estar en Buenos Aires, faltó al convenio por ser grato a una mujer.

CAPITULO X
SÍNTESIS DE TRES EJERCICIOS FINANCIEROS

Desde que el ministro de Agricultura obtuvo aquel triunfo parlamentario, a base de los informes de Johan van der Elst, hasta que en el Instituto de Bacteriología pudo abrirse a una vida efímera el primer esporo de un cocobacilo de Herrlin pasaron muchos meses. Las estaciones se sucedieron unas a otras; las vides brotaron sus pámpanos, las cañas se hincharon de savia y los campos se cubrieron varias veces de avena, cebada, maíz y alfalfa. El presupuesto del Departamento de Protección Agrícola alcanzó sucesivamente las cifras de 2, 4 y 6 millones; las oficinas metropolitanas rebosaron de empleados; los Comisariatos se multiplicaron en todo el país, y el servicio de propaganda, que seguía siendo el predilecto de Simón Camilo Sánchez, llegó a formas insuperables. Todos los trenes que cruzaban el territorio llevaban avisos luminosos, y en las noches serenas de la Pampa, las lechuzas, doctas y noctámbulas, veían ya sin asombro correr por entre la empalizada de los postes telegráficos esta fúlgida leyenda: «El conejo es el peor enemigo de la agricultura.»

Indiferentes a esta continua detractación, los conejos crecían y se multiplicaban sin descanso.

Ramoneando los pámpanos de las vides; royendo las cañas de azúcar tiernas; devorando, antes que alcanzaran sazón, las espigas de avena y de cebada; talando los campos de alfalfa; descortezando en las granjas próximas a los pueblos las sandías y los melones; desenterrando y devorando las patatas; tronchando los maizales en flor; atiborrándose de zanahorias, nabos y arvejas; desayunándose con coles, lechugas y escarolas; horadando y revolviendo la tierra en su infatigable tarea de zapadores, los cientos de millares de conejos mostrábanse, sin embargo, menos diligentes que los tres mil empleados del Departamento de Protección Agrícola. A pesar de su extraordinaria actividad nutritiva, aquéllos dejaban siempre algo con lo que el colono podía sembrar para la próxima cosecha.

En cambio, no hay recuerdo de que la cuenta anual del Departamento de Protección Agrícola se haya cerrado nunca sin déficit. Rara vez los millones acordados por el Congreso alcanzaron más allá del mes de octubre. Semejante insuficiencia crónica de recursos hizo imposible la creación del Instituto de Bacteriología en que debía prepararse el bacilo aniquilador de la plaga. Herrlin, sin embargo, fué ocupado algún tiempo en la formulación de un nuevo plan de campaña, hasta que se incorporó a la repartición en calidad de asesor técnico. Por espacio de muchos meses el privat docent debió redactar, sobre la base de los partes hebdomadarios de los Comisariatos, un largo informe, que nadie se tomaba el trabajo de leer. La conclusión invariable de todos esos documentos consistía en aconsejar la propagación inmediata del cocobacilo, de acuerdo con el plan que había formulado. Cuando Herrlin llegó a advertir que sus informes se archivaban sin ser tomados en consideración, dió en la costumbre de leer sus conclusiones a Simón Camilo Sánchez y de enviar por su cuenta una copia al ministro. Y como a pesar de todos los desaires siguió obstinándose en leer a todo el mundo las conclusiones, siempre idénticas, de su informe, fué adquiriendo poco a poco la reputación de un maniático. Los altos funcionarios del Departamento no hablaron de él sin mover la cabeza compasivamente; los empleados no pudieron aludirle sin sonreirse, y los ordenanzas no le vieron pasar con su abultada cartera sin entregarse a esos silenciosos accesos de hilaridad propios de los negros.

CAPITULO XI
DONDE EL COCOBACILO DE HERRLIN SE APRESTA A ENTRAR EN ACCIÓN

Ese año, el cuarto que pasaba en Buenos Aires Augusto Herrlin, el presupuesto del Departamento de Protección Agrícola fué acerbamente combatido por la diputación socialista.