Aunque no sin recelo, el profesor siguió el consejo de doña Asunción: se inclinó junto al vasto lecho que ocupaba, y a pesar de que no divisó nada, creyó necesario darle a entender al intruso que lo había descubierto, porque le dijo con severidad:
—¡Salga de ahí, señor!...
A modo de contestación, se oyó debajo de la cama un redoble fuerte y sonoro como el de un revólver que se golpease contra el piso, y al propio tiempo un ronquido nada amable. El profesor Herrlin se enderezó súbitamente y miró con desconcierto a la patrona.
—Tírele de las orejas—insinuó ésta amablemente.
Herrlin admiró la despreocupación con que le impulsaba a la peligrosa empresa de irritar a un hombre armado y en pleno delirio alcohólico; pero no cedió a esa sugestión femenina que hace los héroes. Las incidencias de un pugilato le parecieron impropias de un profesor universitario.
Su indecisión fué tan evidente que la patrona se resolvió a obrar por su propia cuenta. En un gesto que le pareció al sabio sueco el de una madre espartana encerrándose para morir junto con el enemigo de su patria, dejó el fardo de coliflores en el umbral y empujó las dos batientes de la puerta. Luego, adelantándose hasta la cama, se arrodilló y comenzó a dirigirle a don Pepe denuestos y expresiones de cariño, todo sin resultado.
El hosco intruso debía de haberse dormido en su obscuro refugio. Alentado por esta idea, Herrlin se bajó de nuevo, esta vez sin recelo, y pudo ver, como a un metro de los pies torneados del lecho, con las orejas replegadas a lo largo del cuerpo, en posición de reposo, un soberbio conejo macho, de pelaje gris claro, de la variedad conocida con el nombre de «gigante de Flandes» (Lepus cuniculus giganteus).
Este descubrimiento despertó los ímpetus belicosos del profesor. Repentinamente se acordó del estoque oculto entre sus mantas de viaje; hallólo en un santiamén, desenvainó, se echó de bruces sobre el camión de alfombra y dirigió la afilada lámina de acero contra el pecho del conejo.
Doña Asunción, que proseguía de rodillas su canto alterno, al ver el relampagueo del arma lanzó un grito penetrante.
Se puso de pie, y sujetando a Herrlin de los hombros rompió a sollozar: