Una vez en la calle, el profesor Herrlin echó a andar sin rumbo, indescriptiblemente estupefacto de la uniformidad étnica del personal de la Protección Agrícola y de las extrañas maniobras a que se entregaba. Caminó y caminó según su costumbre, hasta que pudo plantear en hipótesis la solución del enigma. He aquí las proposiciones que llegó a formularse:
«El empleo exclusivo de negros se impone, probablemente, por las condiciones climatéricas de los lugares en que debe desarrollarse la campaña en contra del conejo.
»Los ataques al Departamento de Protección Agrícola no son, en consecuencia, sino un episodio de la lucha de razas en este país.»
Y habiendo devuelto la tranquilidad a su espíritu con estas explicaciones, el privat docent se encaminó alegremente a la casa de doña Asunción.
CAPITULO IX
«DON PEPE»
Herrlin llegó aquella vez ya entrada la noche a la casa de su patrona.
Al dirigirse a su pieza para anotar en su libro de memorias las circunstancias más curiosas de la visita que acababa de realizar, vió a doña Asunción que corría hacia él llevando apretado contra el seno un brazado de hojas de coliflor.
—Míster Herrlin—le avisó—, entre con cuidado; don Pepe se ha metido en su pieza y no quiere salir...
El profesor creyó que don Pepe era algún borracho, y se dispuso a hacerle comprender duramente que el domicilio de un súbdito sueco es inviolable. Penetró en la habitación; dió luz, pero no vió a nadie.
—Mire debajo de la cama, míster—indicó la patrona, que había ocupado el vano de la puerta, siempre con el manojo de hojas de coliflor amorosamente apretado contra el pecho suntuoso.