Un tiempo después inicióse en el vasto edificio un período de singular actividad. El estrépito ininterrumpido de cincuenta máquinas de escribir llenó las salas antes silenciosas; las campanillas de los quince teléfonos y el repiqueteo de los timbres internos matizó alegre y nerviosamente ese rumor, y el ruido confuso de puertas, pasos y voces trajo una impresión reconfortante de vida tumultuosa. Al anochecer salían regueros de luz de todas las ventanas, y esa iluminación se prolongaba muchas veces hasta las primeras horas de la madrugada. Probablemente el servicio de ordenanzas constaba de varios turnos, que se renovaban por fracciones, porque durante toda la noche no era sino un constante entrar y salir de sirvientes negros por la puerta principal, que tenía sus batientes entornadas. En cambio, los empleados debían de estar sometidos a un régimen monstruoso de trabajo; nunca se les veía salir a las horas acostumbradas.

Tal demostración de sobrehumana actividad sorprendía, naturalmente, a todos los noctámbulos que pasaban por Corrientes y Reconquista. Entre los periodistas y los clubmen fué así abriéndose paso la idea de la injusticia de los ataques dirigidos a la meritoria repartición. Algunos diputados que se cruzaron a las tres de la mañana con un grupo de ordenanzas negros provenientes del Departamento de Protección Agrícola se reprocharon en su fuero interno haber votado por la reducción de la partida.

Poco a poco esas impresiones favorables a la joven institución fueron ganando otras clases del pueblo, y cuando Simón Camilo Sánchez regresó del Brasil, cargado de gloria y engrandecido por los elogios del extranjero, la opinión pública estaba ya de parte suya. Con la vuelta del director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura tales sentimientos se robustecieron, y gracias a las enérgicas gestiones que Delfín Acuña emprendió cerca de los representantes de su provincia pudieron traducirse en hechos que vinieron a sacar de su marasmo al profesor Herrlin.

Pero antes de historiar el esplendor del Departamento de Protección Agrícola debemos relatar la primera visita que el privat docent hizo a sus oficinas centrales cuando aquéllas causaban el estupor de las gentes con su frenética y misteriosa actividad nocturna.

Cierto atardecer, al retorno de una de sus habituales visitas al secretario del ministro, el profesor, que ya comenzaba a perder su timidez y su paciencia, sintió deseos de visitar de incógnito las oficinas destinadas a cuartel general de la campaña contra el conejo. Herrlin se deslizó al través de la puerta principal, como siempre entornada, y no hallando a nadie, aguardó en el primer rellano de la escalera a que apareciese algún portero. La espera fué inútil; Herrlin no divisó a ningún ser viviente. Sin embargo, toda la casa estaba llena del estrépito de las máquinas de escribir, del repiqueteo de los timbres internos y de las nerviosas llamadas de las campanillas telefónicas. A todo esto se unía el eco de voces y pasos humanos, y se hubiera dicho que en alguna parte del edificio una banda numerosa ejecutaba un lánguido vals vienés... Después de un largo momento de espera, Herrlin se lanzó resueltamente escaleras arriba, y guiándose por el bullicio de las máquinas de escribir, empujó una puerta. En una vasta estancia, con el aspecto de un salón de ventas de artículos norteamericanos de escritorio, cincuenta jóvenes dactilógrafas se hallaban sentadas ante sus respectivas máquinas, de espaldas a la puerta, y dominando el tumulto, se oía una voz que declamaba: «El cuelpo, señolitas, debe pelmanecel natulalmente elguido....»

Al ruido de la puerta las cincuenta jóvenes dactilógrafas volvieron simultáneamente la cabeza, mostrando al profesor cincuenta rostros de ébano lustroso en que sólo se advertía el blanco de la esclerótica y la roja pulpa de los labios carnosos. Y ante el gigante rubio, de ojos azules, que las miraba asombrado, las cincuenta señoritas exclamaron a un tiempo, mostrando cincuenta dobles hileras de dientes no menos blancos que el blanco de sus ojos: «¡Qué holol!»

La oportuna llegada de Liborio puso fin a esta escena. Herrlin le explicó que era un arquitecto extranjero y que deseaba, para formarse una idea del sistema argentino de construcción, conocer la distribución del edificio. (El privat docent se ruborizó al enunciar esta inocente superchería.)

Seguro de que el visitante no investía carácter oficial alguno, el mayordomo se prestó de buen grado a hacerle los honores del caserón. Recorrieron todas las salas, y Herrlin pudo admirar en ellas la profusión de avisos, máximas y sentencias sobre el conejo, que ocultaban el papel de las paredes. Se detuvo ante un cuadro sinóptico que representaba compendiosamente la evolución de su cocobacilo y concibió una idea muy favorable de los trabajos de la Sección de propaganda. Pero no comprendió en qué se ocupaban los grupos de negros de regocijada fisonomía y aire indolente que sorprendía recostados en los sillones y sentados sobre las mesas. No se explicó tampoco el sentido de la única alusión que pudo recoger a su paso por un corrillo estacionado en la biblioteca, en que se hablaba de «la pula tladition de Isabelino Díaz». Al llamado del teléfono, uno del corro, que fué a atenderlo, dijo autoritariamente: «En la cualta, métale todo delecho a Cocobacilo...»

Durante su recorrido le persiguió obstinadamente el eco del vals vienés ejecutado con toda verosimilitud por un robusto gramófono, y hasta le pareció advertir a través de una puerta entreabierta varias parejas que giraban voluptuosamente.

Terminada la visita, Liborio le acompañaba cortésmente hasta la salida, cuando volvieron a pasar por frente a la oficina en que trabajaban las cincuenta obscuras dactilógrafas. A la puerta estaba una joven que le dirigió una sonrisa impresionante. Liborio explicó: «Mi soblina Alba, plofesola de datiloglafía.»