En esa recorrida cuadrúpeda encontró sobre la alfombra, cerca de su silla, una media docena de bolitas obscuras, suaves al tacto, que no tardó en identificar relacionándolas con la extraña aparición del conejo.

Nuestro bacteriólogo disfrutaba por lo general de un sueño tranquilo. Sin embargo, aquella madrugada soñó que, a medida que iba avanzando por un interminable camino solitario, de los matorrales vecinos salían a cada paso conejos de desmesuradas proporciones, que después de husmearlo de pies a cabeza partían veloces como patrullas avanzadas de caballería que acaban de establecer contacto con el enemigo.

CAPITULO VIII
REVISTA DE FUERZAS COLONIALES

Simón Camilo Sánchez había experimentado una profunda amargura ante los primeros ataques dirigidos a su Departamento. Su conciencia de patriota, para la cual la extinción del conejo venía a ser el complemento necesario de la conquista del desierto, sufría a causa del terreno exclusivamente económico en que se había planteado el debate. Ordenado y nada derrochador en su vida privada, el director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura no creía aplicable al manejo de los caudales públicos las reglas del ahorro individual. Por lo menos así lo proclamaba en esa ocasión, citando a cada paso como ejemplo de buena contabilidad las cuentas del Gran Capitán: «Por palas, picos y azadones...» Y esa enumeración de instrumentos de cultivo a precios fabulosos le producía la envidia que causa a los bibliófilos la reseña de las ventas del Hotel Drouot. Simón Camilo Sánchez ansiaba poder presentar a la Contaduría de la nación unas cuentas por el estilo.

La amputación del presupuesto del Departamento le hirió así en sus sentimientos y en sus convicciones. Su melancólico desaliento tornóse en hosca pesadumbre cuando el ministro le indicó la conveniencia de restringir los signos de actividad de la Protección Agrícola, y adoptó entonces la actitud de todos los grandes hombres en desgracia: se desterró.

Aceptando una invitación de la Universidad de Río, partió para el Brasil. Por espacio de tres meses disertó en las instituciones jurídicas, científicas, agrícolas y literarias de la capital carioca de San Paulo, y el eco de sus palabras llegó a Buenos Aires, agrandado por el entusiasmo de nuestros vecinos y ennoblecido por la distancia.

Su alejamiento se dejó sentir muy pronto en las oficinas centrales de la Protección Agrícola. Era la primera vez que faltaba a su puesto desde la creación del formidable organismo, y esta ausencia, junto con la decapitación realizada por la Cámara de Diputados, llevó el desconsuelo a todos los enrolados en el ejército leporicida. El primero en desertar fué el subdirector; a poco de haber partido el jefe, pidió una licencia y se refugió en la estancia de un amigo. Los directores de las diversas Secciones de personal, estadística, cartografía, propaganda, etc., etc., siguieron ese ejemplo, y tras una breve despedida se marcharon con la impresión del que abandona un enfermo desahuciado. Luego los secretarios de Sección, prosecretario, jefes de oficina, segundos jefes, auxiliares y escribientes de todas categorías fueron yéndose en progresión creciente y riguroso orden jerárquico, hasta que todo el personal se dispersó en la urbe inmensa, como un cargamento de naranjas en el océano.

El antiguo edificio del Correo, que se había destinado para las oficinas de la Protección Agrícola, quedó desierto.

A veces un empleado iba a escribir una carta o a pedir prestados algunos pesos al mayordomo, el negro Liborio, para salir de un apuro. Algunos escribientes que seguían estudios universitarios se reunían allí para preparar sus exámenes. En las salas vacías, tapizadas de avisos, máximas y prevenciones sobre los conejos, resonaba entonces el eco de las sentencias augustas del Derecho romano, enunciadas en el latín pausado y cantante de los naturales de nuestras provincias mediterráneas.

Pero ese último vestigio de civilización acabó también por desaparecer, y finalmente las huestes de ordenanzas, capitaneadas por Liborio, quedaron dueñas absolutas del campo.