El profesor sueco intimó prontamente con sus compañeros de pensión. En torno de la mesa familiar, discurrió sobre bacteriología con los estudiantes de Medicina, habló con el óptico de microscopios y aparatos de investigación, y escuchó atentamente las disquisiciones de Inclán-Zavaleta.

Exento de vanidad y de picardía, Herrlin fué estimado por todos a los pocos días como un viejo amigo.

Doña Asunción, en especial, le cobró un profundo cariño, admirando juntamente en él la universalidad de su saber y de su apetito.

En ese ambiente de afable vida doméstica, una noche en que la sobremesa se prolongó más de lo de costumbre, porque doña Asunción había entablado una larga controversia con los estudiantes sobre los horrores de la vivisección, el profesor Herrlin estableció su primer contacto con el enemigo.

Sentado al extremo de la mesa, próximo a una puerta que se abría sobre el jardín, el profesor escuchaba el alegato de la patrona, cuando el rumor de un roce sobre la alfombra, a los pies suyos, atrajo su atención. Fuera del círculo de luz que una pantalla verde arrojaba sobre la mesa, todo el comedor se hallaba sumergido en las tinieblas. A Herrlin le costó discernir el sentido de la forma blancuzca que se gitaba a sus plantas. Reconoció poco a poco un par de largas orejas velludas, un hocico movible, dos largos bigotes y un labio hendido perpendicularmente... Era un conejo de la variedad «gigantea» (Lepus cuniculus giganteus), un hermoso ejemplar de macho, de cabeza larga y fuerte y de robustas extremidades posteriores.

Sorprendido por semejante aparición, Herrlin quedó inmóvil en su asiento. El conejo, después de husmear desenfadadamente los botines del profesor, retrocedió unos pasos, se enderezó sobre las patas, y con las manos juntas sobre el pecho, levantó el hocico al aire. Como en esa posición las orejas tensas continuaban la línea del cuerpo, el extraño visitante alcanzaba así casi un metro de altura y llegaba hasta el borde de la mesa. Con sus ojos redondos, en que se reflejaba el resplandor verde de la pantalla, el conejo miró fijamente a su antagonista. Bajo la fascinación de esa mirada, encendida de una verde transparencia, el sabio creyó habérselas con un genio maléfico, y esperó verle crecer desmesuradamente hasta tocar con las orejas en el techo. Debía de ser un genio modesto, porque no quiso pasar del nivel de la mesa. Se limitó a sonreír sardónicamente, corriendo para atrás las guías de los bigotes, y recobrando la horizontalidad, se volvió bruscamente. Sus orejas se agitaron desdeñosamente; el rabo, ridículamente trunco, osciló de izquierda a derecha como la aguja del velocímetro de un automóvil que se pone en marcha; alcanzó en tres zancadas la puerta del jardín, y se perdió en las sombras de la noche...

La controversia de doña Asunción con los estudiantes no se había interrumpido; Herrlin advirtió por ello que, como Mácbeth en el banquete en que se la aparece la sombra de Banquo, él fuera el único que se diera cuenta de la presencia del extraño visitante. Renunció, pues, a admitir la realidad de la escena, y creyéndose víctima de una alucinación, se prometió suprimir desde el día siguiente la ración de ponche con que animaba la sobremesa. Esa noche, a causa de la prolongación de la charla, había bebido con exceso. Era preciso imponerse un período de abstinencia, y para confirmarse en su resolución se sirvió otro vaso. A ese siguió otro, en recuerdo de su poción favorita, y otro más como despedida a la reunión.

Después, emocionado por sus recuerdos de Upsala y enternecido ante la imagen de la hija del profesor Hedenius, que se presentó patente a su espíritu, solicitó una nueva vuelta e improvisó un brindis en honor de la mujer argentina y otro en homenaje a doña Asunción. Luego, en una natural gradación de ideas, levantó su copa por el ministro de Agricultura y el Gobierno de la República, comprometidos en una siniestra conjuración de conejos, audaces conspiradores que llegaban en su insolencia hasta penetrar en las casas a la hora sagrada de la comida familiar... Por último, entonó una serie de canciones báquicas escandinavas y el tradicional «Gaudeamus igitur» de los estudiantes suecos, y pidió que se llenase de nuevo la ponchera para aclarar la voz.

Desde hacía tiempo doña Asunción y el empleado de Lutz y Schulz se habían retirado a descansar.

A las tres de la mañana, el profesor Herrlin, puesto en cuatro patas, buscaba debajo de la mesa el reloj, que por descuido había guardado en un bolsillo del pantalón.