Pero Herrlin, entendiendo la frase en su sentido directo, creyó que el secretario deseaba admirar el corte de su levita académica, y con el cuerpo rígido, en posición militar, dió en cuatro tiempos una vuelta completa.
Fué la primera y la más simple que le hizo ejecutar nuestro mecanismo administrativo. De allí en adelante siguió dando vueltas de órbitas cada vez más complicadas e inútiles, girando y girando en torno de la excelencia ministerial, como un satélite condenado a presentar siempre al centro del sistema una faz de eterno postulante...
CAPITULO VI
LA MÁSCARA DE HIERRO
En los días que siguieron, Herrlin dió repetidas vueltas por el Ministerio de Agricultura, y todas las veces salió asombrado del mucho interés que se concedía a su levita y del ninguno que se dedicaba a su misión científica.
El secretario le atendía amablemente, le ofrecía té, cigarros y licores; le iniciaba en la vida fácil y el lenguaje reducido y pintoresco de nuestros elegantes, pero no se atrevía a ponerle en contacto con el ministro, ni mucho menos a hacerle adelanto alguno respecto a sus funciones leporicidas. Se arriesgaba, todo lo más, a recomendarle mucha discreción, a prevenirle no dejase sospechar su existencia a los periodistas, y a ser cauto en sus opiniones sobre la extinción del conejo. Herrlin había llegado en un momento crítico, y una palabra suya podía comprometer la suerte del ministro y provocar el aniquilamiento del Departamento de Protección Agrícola. Era preciso aguardar a que la situación política se despejase, y entonces ya podría recobrar el tiempo perdido. Entre tanto debía resignarse a permanecer ignorado e inactivo y a cobrar todos los meses en Secretaría la asignación mensual fijada por contrato.
Herrlin no tuvo más remedio que conformarse. Inició entonces una vida de ocio y misterio, que llegó a pesarle como un manto de plomo. Lejos de sus libros, de su mesa de trabajo en el modesto laboratorio de Upsala, de las amables tertulias familiares en la vieja casa del profesor Hedenius, los días crudamente luminosos de Buenos Aires le parecían inmensos, y las noches, interminables. El incógnito que recataba su persona creaba en torno suyo una zona infranqueable, y para no traicionarse, debía, muy a pesar suyo, mostrarse hosco y receloso en esta ciudad de gentes de fácil trato. Cuando no iba al Ministerio, consagraba la tarde a interminables caminatas por la ciudad, y la noche a solitarias libaciones en cualquier bar del centro. Este era el único momento tranquilo de su existencia; se sentía aligerado de su secreto, rico de esperanzas y lleno de impulsos belicosos. Soñaba en vengarse sobre los conejos de la inacción a que le obligaban las complicaciones políticas del país y en alfombrar su cuarto con las pieles de los vencidos, como los crueles guerreros de Asiria.
Pero al día siguiente la dura realidad volvía a dominarlo, y tenía entonces conciencia de ser una especie de Hombre de la Máscara de Hierro, libre pero incomunicado, que paseaba por la ciudad un formidable e insólito secreto de Estado acerca de los conejos.
CAPITULO VII
DONDE SE ENTRA EN CONTACTO CON EL ENEMIGO
Augusto Herrlin no pudo soportar mucho tiempo la vida de hotel. Convencido de que la situación política de la República le obligaría a permanecer aquí mucho más de lo que había calculado, escribió a Upsala recomendando paciencia a la hija del profesor Hedenius y tomó alojamiento en una casa de pensión.
Este cambio le fué beneficioso. Gracias al simulacro de vida de hogar que imperaba en el reducido establecimiento de doña Asunción Fragoso, el privat docent recuperó la alegría y el sosiego que perdiera desde su arribo a Buenos Aires. Allí encontró, aparte de los hábitos ordenados y modestos que eran los suyos, una sociedad grata a su espíritu. Vivían en casa de doña Asunción dos estudiantes de Medicina, un viejo empleado de una casa de óptica y don José María de Inclán-Zavaleta, apasionado cultor de la historia patria.