—No; los que no vienen nunca...

Esta respuesta dió a Herrlin la prueba de que su conocimiento del castellano era todavía deficiente; no se explicó el sentido de las palabras del postulante ni la sonrisa irónica con que las acompañó. Desconcertado por su primera dificultad idiomática, el privat docent guardó silencio hasta que, ya bien entrada la tarde, pudo ver al secretario del ministro.

Evidentemente, al exponer sus títulos, la misión que se había empeñado en conferirle el Gobierno argentino y el objeto de su primera visita debió de expresarse inapropiadamente, a juzgar por el estupor que denotó el secretario.

«¡El profesor Herrlin! ¡El profesor Herrlin!», repetía con pavor, mirando para todos lados, como si quisiese descubrir un lugar donde ocultarlo...

Herrlin llegaba, efectivamente, en el momento más inoportuno. El Departamento de Protección Agrícola, por su monstruoso crecimiento de los últimos meses, había venido a constituir un peligro para el Gobierno. Los diputados socialistas, apoyados por muchos representantes del litoral, hallaban desproporcionada la suma de 1.500.000 pesos que se le asignaba en el presupuesto para el año entrante. Su oposición fué irreductible, al punto que el ministro se vió obligado a admitir la disminución de esa partida a 1.450.000 pesos, aunque no sin prevenir elocuentemente que el Departamento no podría cumplir sus fines y estaría forzado a limitar sus publicaciones de propaganda. Y como su posición en el Gabinete no era muy segura, indicó a Simón Camilo Sánchez la necesidad de que, para evitar la reanudación de los ataques, el Departamento diese pocas señales de vida. Además resolvió introducir economías en la repartición, y a ese objeto dejó sin proveer una vacante de escribiente que acababa de producirse en el Comisariato de tercera de la Rioja.

El secretario tenía, pues, razón al pretender ocultar al profesor Herrlin. La llegada del sabio volvía a poner en evidencia al Departamento, que quién sabe si podría resistir el fuego cruzado de editoriales y discursos que soportara recientemente sin mucha gallardía.

No atreviéndose a llevar esta mala noticia al malhumorado ministro, el secretario creyó conveniente aplazar el asunto.

Después de recomendarle mucha reserva sobre su arribo y la misión que traía hasta tanto recibiera órdenes, le dijo en forma de despedida:

—Vea, doctor... Dése una vuelta...

Y se quedó meditando sobre el día conveniente para una entrevista con el ministro.