La propaganda de la Protección Agrícola llegó hasta el punto de que un colono del lugar más apartado de la Pampa no podía recorrer su campo, revuelto y horadado por los conejos, sin encontrar sobre el camino un cartelón que anunciaba:

«El conejo es el peor enemigo de la agricultura.»

CAPITULO V
LA PRIMERA VUELTA

Tres meses después de la ratificación de su contrato, Herrlin desembarcó en Buenos Aires. Desde que publicara el «Informe», en el octavo aniversario de su compromiso matrimonial, habían pasado casi dos años, y a no ser porque creyó de corta duración la nueva empresa, antes de venirse habría entrado en la familia de su viejo maestro.

Herrlin llegó, pues, soltero, lleno de ilusiones y con las mejores ideas sobre nuestro país, que había recogido en su estudio del castellano y de la historia y geografía argentinas.

Se alojó en un hotel del Retiro, vistió su buen traje de levita, ajustó en la cabeza rasurada el lustroso cilindro de ceremonia, y con el paraguas al brazo echó a andar, a pasos firmes y sonoros, por la calle Florida en dirección al centro. El privat docent advirtió que, tras su paso, la gente, sobre todo las mujeres, se volvían como para leer algo en su espalda. Supuso que observaban el corte de su levita, proveniente de la Sastrería Académica de Upsala, fundada el mismo año que la Universidad, en 1476, y anotó esa curiosidad como un síntoma favorable a sí mismo y al país.

Cuando llegó al Ministerio de Agricultura comenzaban a afluir los empleados. Frente a la pequeña sala de espera, en que se hallaba junto a un afable postulante, el profesor sueco vió pasar cientos y cientos de hombres jóvenes, alegres y elegantes, idénticos a los que acababa de ver discurriendo por las aceras y conversando en los cafés. Admirado del interminable desfile, Herrlin exclamó:

—¡Cuántos empleados!

—Esto no es nada—repuso el postulante—; los otros son muchos más...

—¿Los de otro turno?