Esta comenzó a funcionar al poco tiempo bajo la dirección del ubicuo y omnisciente Simón Camilo Sánchez. Los veinte comisariatos iniciaron su acción con mucho empuje: desde todos los puntos de la República llegaron telegramas, notas, informes y comunicaciones, señalando los puntos en que los conejos ejercitaban su voracidad y haciendo notar la rapidez de movimientos y el carácter tímido de los perjudiciales roedores. Con tales datos, el Departamento de Protección Agrícola dibujó un mapa, en el que se representaba con una mancha azul el radio de acción de los conejos. La ingeniosa carta, que fué reproducida por todos los diarios, llevó la alarma a los espíritus más indiferentes: la mancha azul lo cubría todo... Parecía que sobre el territorio de la República se hubiera volcado un frasco de tinta Stephens.

CAPITULO IV
PRELIMINARES DE LA CAMPAÑA

Los Comisariatos de la Protección Agrícola no tuvieron al comienzo función ofensiva alguna. Su labor consistió en vigilar al enemigo, descubrir sus puntos de concentración, sus hábitos de vida, el forraje que prefería y las horas que destinaba al reposo. Esas tareas, justo es reconocerlo, fueron admirablemente cumplidas por las veinte secciones.

A los cuatro meses de su creación pudo asegurarse oficialmente que los conejos eran animales cuadrúpedos, mamíferos, de unos 45 centímetros de largo, muy veloces y extraordinariamente fecundos. Apenas agotados tales reconocimientos comenzaron a llegar atentas observaciones de algunos comisariatos respecto a la exigüidad del personal que se les había atribuído. «Para informar a esa Dirección sobre el desarrollo y las proporciones de la plaga en toda la provincia—decía, en una nota, Delfín Acuña, el jefe del Comisariato de Mendoza—no bastan los diez empleados que tengo a mis órdenes. Si el señor ministro quiere que nuestro resumen hebdomadario se refiera a toda la zona cultivada es preciso decuplicar, por lo menos, ese personal». Y Delfín Acuña entraba en el detalle de la distribución estratégica que daría a esos cien empleados.

Simón Camilo Sánchez, al informar al ministro sobre estas notas, sostuvo el aumento del presupuesto; pero como la situación económica no lo permitía, las comunicaciones fueron archivadas.

Delfín Acuña no era hombre de hacer una observación en balde. Se había venido junto con la nota a la capital y había tenido aquí largas conferencias con los diputados de su provincia.

Así, la primera vez que el ministro concurrió a la reunión de la Comisión de Presupuesto se vió forzado a convenir que el personal de los Comisariatos era efectivamente escaso. La Comisión propuso en seguida un aumento considerable en los empleados afectados a la extinción del conejo, aumento que se distribuiría según la importancia de cada provincia y el grado de extensión de la plaga. Se instituyeron de ese modo Comisariatos de primera, de segunda, de tercera, etc., etc. En total, 1.200 ciudadanos recibieron emolumentos oficiales gracias a la maravillosa eficacia del cocobacilo de Herrlin.

Semejante acrecentamiento del personal hizo necesaria la ampliación del organismo administrativo central. Se crearon, fuera de presupuesto, las oficinas de «Dirección del personal», «Estadística» y «Propaganda»: 300 nuevos ciudadanos cobraron sueldos del Estado.

La oficina de «Propaganda» era debida a una ingeniosa idea de Simón Camilo Sánchez. El director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura, considerando que para la completa realización de los fines de la Protección Agrícola era imprescindible la buena voluntad de los agricultores, se propuso ganarla mediante una intensa campaña de vulgarización científica.

Constituyó, pues, esa Sección, que comenzó a expedir millares de folletos conteniendo la descripción del conejo (tamaño, movilidad, fecundidad) y la enumeración de sus hábitos nocivos. Además inundó el país de carteles con sintéticas leyendas, de grabados ilustrativos, de mapas de la República horriblemente manchados de azul...