A tres bancas de distancia del canciller, en el semicírculo ministerial, el secretario de Agricultura comenzó a hablar. Con los ojos fijos en el reloj que corona el estrado de la presidencia, habló y habló, enumerando todos los beneficios que la agricultura y la ganadería podrían retirar de las informaciones transmitidas por el Viceconsulado en Estocolmo. Se refirió especialmente al nuevo procedimiento para la obtención de quesos frescos, que había sido dado a conocer en 10.000 folletos de propaganda, y recordó el informe respecto a la fabricación de pasta de papel con el marlo de maíz, que había sido materia de un proyecto de ley. Pero el momento en que el orador obtuvo efectos de elocuencia fué al entrar en el comentario de la última comunicación de van der Elst. Los estragos de los conejos que devoraban las cosechas, trastornaban la topografía de los campos del Sur y arruinaban a los colonos, determinando, en consecuencia, el depreciamiento de la propiedad rural y la alteración de nuestro régimen económico, fueron descritos con trazos pavorosos, para mostrar en seguida al cocobacilo de Herrlin restituyendo los campos a su prístina feracidad, devolviendo la tranquilidad y el bienestar a los colonos, provocando la valorización de las tierras, el acrecentamiento de la riqueza nacional y la restauración de nuestro crédito exterior...

Ante esa síntesis grandiosa de las consecuencias de una victoria completa sobre los conejos, la Cámara, poniéndose de pie, aclamó al ministro de Agricultura.

CAPITULO III
LA MANCHA AZUL

Antes de la sesión en que tan bien sentado dejó el prestigio de Johann van der Elst, el ministro de Agricultura no había reflexionado seriamente en la realidad de la plaga leporina. Naturalmente escéptico, no se le había ocurrido hasta entonces que esos animalitos tímidos que veía en las vidrieras de los bazares, siempre en disposición de tocar el tambor, pudiesen destrozar las viñas y devorar los sembrados. Fué necesario que el fuego de la elocuencia le poseyera para que en una súbita revelación alcanzase, al propio tiempo que la comunicaba a su auditorio, la clara visión del peligro. Y al reflexionar en la soledad sobre su triunfo oratorio advirtió que había sido el intérprete inconsciente de una gran aspiración del alma nacional: la guerra al conejo...

Esta comprobación le llevó de inmediato a planear la campaña decisiva contra la plaga, campaña que constituía, según dijera él mismo, «una improrrogable e imperiosa urgencia nacional».

Quedó así resuelta la contratación del sabio sueco por el Gobierno argentino para dirigir la campaña en contra del conejo.

Al mismo tiempo el ministro encargó al doctor Simón Camilo Sánchez el proyecto de la Oficina que se haría cargo de los trabajos para combatir la plaga y llevaría a la práctica las combinaciones científicas del profesor sueco.

El candidato no podía ser mejor elegido. El doctor Simón Camilo Sánchez era director general de Agricultura, Ganadería y Piscicultura, y catedrático de Derecho internacional, Procedimiento consular, Historia americana, de Economía política y Filosofía del derecho.

Este personaje enciclopédico sometió al ministro a los pocos días el plan completo de la nueva repartición, que se llamaría «Departamento de Protección agrícola». Por ese proyecto, el territorio de la República se dividía en veinte zonas, cada una de las cuales se entregaba a la vigilancia de un Comisariato, que debía informar semanalmente sobre los destrozos ocasionados por los conejos y los lugares y circunstancias en que se hubiese visto rondar a los merodeadores de largas orejas. Una oficina central organizaría todos esos datos, a fin de publicar un mapa en que se evidenciara la repartición geográfica de la plaga. Cuando las gestiones para el contrato del sabio sueco llegasen a su término, éste hallaría listos todos los elementos para la aplicación del cocobacilo.

El ministro aceptó el plan en todos sus detalles y lo incluyó en el presupuesto para el año entrante, destinándole una suma global de medio millón de pesos. Entre tanto creó, por simple decreto, el Departamento de Protección Agrícola, y constituyó, con 250 empleados, los cuadros del futuro personal de la repartición.