Entre ambos candidatos, de méritos tan equilibrados, el triunfo era indeciso. Sus programas respectivos no iban ciertamente a dividir la opinión: el del doctor Gaona proclamaba «libertad de sufragio, reducción del presupuesto, fomento del comercio y las industrias», y el de su antagonista enunciaba «pureza electoral, disminución de los gastos, propulsión de las industrias y el comercio».

Pero el doctor Gaona pertenecía al Departamento oprobioso, mientras que el doctor Vértiz no había ocupado jamás un cargo público, y por esta sola señal el electorado debió decidirse entre ambos. La zarandeada institución vino así a convertirse en el centro de la contienda.

Ya desde los preliminares de la campaña electoral los grupos opositores tomaron la costumbre de ir a silbar ante el edificio del Departamento y a denostar a los pocos empleados que se asomaban a las ventanas del viejo caserón.

Durante toda la campaña electoral el doctor Vértiz no abandonó su quinta de Morón. Su austeridad cívica le vedaba salir a solicitar el voto de los electores. No pronunció tampoco una sola palabra, ni escribió una línea, y a partir del día de la proclamación negóse terminantemente a recibir a los caudillos opositores que trabajaban por el triunfo de su candidatura. La única vez que se le oyó decir algo fué en el velorio de un ex revolucionario del 96. El doctor Vértiz, ante el ataúd de su compañero de armas, repitió hasta tres veces en voz baja: «El conejo no existe, el conejo no existe, el conejo no existe.»

Esa sentencia, recogida por oídos fieles, fué la fórmula mágica de la campaña electoral. Desde aquella noche los opositores diéronse a afirmar resueltamente: «El conejo no existe... El conejo es una invención del régimen oprobioso...»

Con toda la gravedad de un espíritu jurista, el doctor Gaona preparaba mientras tanto el informe que la Junta Fiscalizadora Honoraria debía presentar sobre el método del profesor Herrlin y la eficacia de su cocobacilo. A mediados de la campaña electoral, la parte ya redactada alcanzaba a 2.480 páginas en papel de oficio. El candidato gubernamental había extractado todas las Memorias y publicaciones del Departamento de Protección Agrícola y había solicitado además infinidad de informes al sabio sueco. Junto con los tres voluminosos tomos en que el doctor Gaona creía poder concretar los varios aspectos de la cuestión, debía aparecer un Atlas con la colección de todos los mapas sobre repartición de la plaga de conejos dados a luz en los últimos cinco años. Esa prueba gráfica y documental iba dirigida directamente contra el optimismo práctico de su antagonista, al que aludía cuando hablaba del «optimismo del avestruz, que, escondiendo la cabeza bajo el ala, se niega a reconocer el peligro».

El Informe de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, en tres tomos y un atlas, apareció editado por la imprenta Coni y llevando por nombre de autor el del doctor Aníbal Gaona con todos los títulos que había alcanzado en toda su larga vida pública.

Los cuatro volúmenes eran de unas dimensiones impresionantes, y ante ellos nadie se habría sentido capaz de negar la existencia del conejo. Así, los partidarios del doctor Vértiz a la aparición del libro sufrieron un profundo desconcierto. Era inútil que los más fanáticos exclamasen: «¡El conejo no existe!... Avanti!» Sus correligionarios contemplaban la mole enorme del Informe y movían la cabeza con desconsuelo: la obra del doctor Gaona era inexpugnable. ¡Cualquiera se atrevía con las 4.375 páginas de texto!

Sin embargo, la reacción no tardó en producirse. Los opositores eludieron referirse al Informe; pero atacaron con más acritud si cabe al Departamento. A la vuelta de un gran mitin, una columna nutrida de manifestantes verticistas quiso llegar hasta el edificio del Departamento, pero fué duramente rechazada por la Policía. Exacerbados por esta derrota, un grupo de afiliados a un Comité de la Floresta apedreó al anochecer el Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola. A esa hora sólo se hallaban en el establecimiento Herrlin y un sirviente. El profesor estaba ocupado en el trasvase de unos cultivos de cocobacilo cuando oyó los gritos de los asaltantes y el estrépito de los cristales, que saltaban en mil pedazos. Corrió a la puerta de entrada y desde allí procuró descubrir en las sombras el origen del tumulto. A su aparición, los gritos arreciaron en la calle, así como la lluvia de piedras que se estrellaban contra el frente de la casa. Un cascote que zumbó más vigorosamente que los otros alcanzó en una sien al estupefacto Herrlin. Este sintió el choque; advirtió en seguida la tibieza de la sangre, que le corría por la cara, y asiéndose al pasamano de la puerta, fué doblándose lentamente hasta que quedó sin fuerzas en el suelo. Los gritos de los revoltosos le parecieron mezclarse con el sordo borboteo de la sangre, y poco a poco fué perdiendo dulcemente la noción de todo, como cuando se quedaba dormido, frente a la estufa de su cuarto de estudiante, en Upsala.

CAPITULO XVI
THE RABBIT’S MARCH