Cuando el profesor Herrlin volvió en sí se halló en una habitación de hospital, toda blanca e inundada de luz. Por una ventana divisó una extensión de parque, y a lo lejos, la atmósfera fuliginosa de un barrio fabril. Tres o cuatro personas conversaban animadamente en un extremo de la estancia. Herrlin creyó reconocer las voces, pero no entendió lo que decían. A un movimiento suyo, los interlocutores se acercaron al lecho, y viéndole con los ojos abiertos y la expresión lúcida, comenzaron a arengarle en una lengua rotunda y armoniosa. El privat docent se incorporó en el lecho, y después de mirar con angustia a sus interpelantes, murmuró unas palabras en sueco. Augusto Herrlin se había olvidado del castellano...

Había olvidado asimismo todo cuanto le aconteciera desde su embarco en Estocolmo. Las gentes que esos días se acercaron a su lecho no le parecían extrañas, y las palabras incomprensibles que le dirigieron sonaban en sus oídos como algo muy conocido; pero ni unas ni otras evocaron recuerdo alguno en su espíritu. Toda su vida mental se reducía a sus hábitos e impresiones de Upsala. A veces el paso lento del practicante de guardia le hacía creer que el profesor Hedenius se aproximaba para arrancarle de la extraña pesadilla en que estaba postrado, y otras un vocerío lejano le daba la ilusión de que los estudiantes abandonaban el aula magna borealis de su vieja Universidad.

Ese confinamiento en el pasado hacía de él una persona dócil e inerte. Seguro de que era presa de las ilusiones de un delirio, se entregaba sin resistencia a todas las sugestiones de los que le rodeaban. Una visita que le hizo el ministro sueco no le ilustró sobre su situación.

El diplomático, para no comprometerse, no hizo la menor alusión al cascotazo, y le dirigió esas vagas preguntas y frases consoladoras que se aplican lo mismo a un enfermo del cólera morbo que al clausurado en su casa por un resfrío. Como a la semana de su vuelta a la vida Herrlin fué conducido a casa de doña Asunción. La patrona, que ya le había visitado en el hospital, le recibió llorando, y esta demostración de sentimiento arrancó por un instante al privat docent de la inconsciencia a que se había abandonado.

Satisfecho de darse en el mundo de los sueños con un ente compasivo, le alargó la mano y la saludó afablemente en sueco. Doña Asunción redobló el llanto, y en medio de su desconsuelo apuntó el orgullo femenino: «¡Pobrecito, me ha reconocido!...»

Este estado del director del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola no era conocido sino por unas cuantas personas. Todo el mundo se había enterado de su salida del hospital y se le suponía ya sano y fuerte.

Era lo mejor que podía ocurrir; el asalto al Instituto despertó una emoción tan violenta, que de alimentarse con cualquier otra noticia se comprometería el orden público.

Toda la Prensa condenó enérgicamente el vergonzoso atentado y encareció el prestigio mundial de la víctima. Sólo El León de Castilla se permitió insinuar que, de haber sido Herrlin un argentino o un castellano, los asaltantes no habrían salido tan bien librados. Las acciones de la candidatura Vértiz sufrieron una merma considerable. Aunque las fracciones opositoras se asociaron a la protesta pública, no pudieron eludir cierta responsabilidad. El Comité universitario de la candidatura Gaona, en un vibrante manifiesto, había acusado del crimen de lesa ciencia al doctor Vértiz, «instigador directo del ominoso hecho, que es una página de vergüenza en el infolio inmaculado de la civilización argentina».

Delfín Acuña, que se constituyera en manager de la candidatura oficial, tuvo la idea de ofrecer un banquete de desagravio al profesor Herrlin: era el golpe de gracia a la campaña opositora. Apenas se lanzó la iniciativa comenzaron a llover adhesiones de las Asociaciones universitarias, centros científicos, institutos de cultura y Sociedades pedagógicas; de las sesenta Cooperativas constituídas por los empleados del Departamento de Protección Agrícola; de los cientos de Comités gaonistas; de los clubs atléticos escandinavos y de mil organizaciones de todo carácter. La lista de comensales llegó a una cifra fabulosa, y la Comisión organizadora se vió en la necesidad de cerrar la inscripción cuatro días antes del banquete. Para compensar a los miles de ciudadanos que no pudieron conseguir cubierto, Delfín Acuña imaginó organizar una manifestación de antorchas que iría a saludar al privat docent a la salida del teatro donde se tendería la mesa.

Llegó la noche del banquete. El anonadamiento en que vivía el profesor sueco no preocupó a los directores del homenaje; Acuña había prometido remediar a todo, y eso les tranquilizaba. El activo provinciano se presentó al anochecer en casa de doña Asunción, y a fuerza de mímica y con la ayuda de la patrona vistió al sabio de frac, le pintó con tintura de yodo la cicatriz, apenas visible, del ominoso cascotazo, y metiéndole en un automóvil lo llevó al Coliseo. En el vestíbulo aguardaba al sabio la Comisión organizadora del homenaje. Forzado por su compañero, el pobre autómata dió la mano a todos, y al penetrar en el inmenso recinto agradeció con gestos mecánicos la estruendosa aclamación que saludó su llegada. Sostenido siempre por Delfín Acuña, se llegó como un sonámbulo hasta la cabecera del banquete y ocupó el lugar de honor. A su lado tomó ubicación Delfín Acuña. Los mil doscientos comensales se sentaron a lo largo de las mesas, que parecían perderse en el horizonte, y por un momento no se oyó más que el ruido de los cubiertos y el rumor de los dos mil cuatrocientos maxilares. Junto con la memoria, el privat docent había perdido el apetito; puso los codos sobre la mesa, y con la cara oculta entre las manos se entregó a sus recuerdos de Upsala. Delfín Acuña, para explicar esta compostura, dijo a su vecino de la derecha: