—El profesor está mamado....
Y a los pocos segundos esta simple observación, pasando de boca en boca, había llegado al extremo de la mesa. De aquí saltó el mantel, pasó a la mesa próxima y corrió por las filas interminables de comensales como un hilo de agua por las hendeduras de un embaldosado: «¡El profesor está mamado!... ¡El profesor está mamado!...»
Y los comensales se sonrieron, conmovidos por ese rasgo de hombría, que ellos consideraban incompatible con el cultivo de las Ciencias naturales. Sólo en la mesa ocupada por los miembros más espectables de la colectividad sueca se notaron algunos gestos de disgusto.
Como una delicada atención a las funciones del profesor Herrlin, el menú del banquete se componía todo de platos alusivos: Salpicon de p’tit lapin, Soupe de lièvre, Oreilles de lapin a la Hindenburg, Civet de lièvre, Queue de p’tit lapin a la Sainte Menehould, Welsh-Rabbit, etc., etcétera. Delfín Acuña había contratado con destino a la comida la provisión de 4.000 conejos, cuyas pieles, después de sacrificados, fueron distribuídas a los elementos de los Comités gaonistas que debían formar en la manifestación de antorchas.
El doctor Gaona ofreció la demostración. Cuando al retirarse el último plato de conejo se puso de pie, estalló en la sala una ovación ensordecedora. El candidato a la presidencia se inclinó conmovido, y encarándose con el privat docent le expuso cuánta admiración tenía por su talento, cuánto respeto por sus nobles condiciones personales y cuánta gratitud por los servicios incalculables que había prestado al país... Y mientras desarrollaba extensamente estos tres tópicos, el aludido paseaba la mirada distraída de sus ojos azules por el plafón del teatro. En el preciso instante en que terminó la peroración del candidato, Delfín Acuña aplicó al privat docent un puñetazo en el estómago, que le obligó a doblarse sobre la mesa, en señal de agradecimiento, y antes de que se repusiese del golpe, el doctor Gaona lo estrechó cordialmente en sus brazos. En ese momento, en medio de las ovaciones delirantes que suscitó el discurso y la escena del abrazo, la banda del maestro Malvagni atacó los primeros compases de The Rabbit’s March (La marcha del conejo), que había venido a ser el himno oficial de los gaonistas. ¡Qué entusiasmo entonces! ¡Con qué profunda unción se elevaron las primeras palabras de la canción partidista!:
Combatimos al conejo
Desde el norte del Bermejo
Hasta el cabo Santa Cruz (bis)
. . . . . . . . . . . . . . . .
El eco de la canción llegó hasta la multitud, que con las antorchas encendidas y tremolando 4.000 pieles de conejo daba un aspecto fantástico a la plaza Libertad. Y 10.000 voces, trémulas de cívica emoción, entonaron el himno augusto:
Combatimos al conejo
Desde el norte del Bermejo
Hasta el cabo Santa Cruz (bis)
. . . . . . . . . . . . . . . .
Los soldados del escuadrón hicieron la venia...