El doctor Gaona triunfaba. La publicación del Informe había inclinado la opinión en favor suyo, y el desfile subsecuente al banquete del Coliseo puso la victoria de su parte. La exhibición de las 4.000 pieles de conejos, que llenaron de pelusa todo el norte de la ciudad, impresionó a los electores, que desde esa noche acotaron con leyendas sarcásticas e injuriosas las proclamas de los verticistas: ¡El conejo no existe...!

A dos meses de las elecciones, el candidato oficial podía considerarse ungido presidente de la República. En el Departamento de Protección Agrícola reinaba un júbilo extraordinario: Delfín Acuña preparaba una enorme lista de ascensos y aumentos de sueldos, y Simón Camilo Sánchez estaba estudiando la posibilidad de contratar un empréstito de cien millones de pesos para llevar adelante la campaña.

Convencidos de su derrota irremediable, los opositores dejaron de dar señales de vida. Sólo los diputados socialistas velaban. De acuerdo con su táctica, habían repartido la lectura de los tres tomos del Informe de la Junta Fiscalizadora Honoraria entre los veinte secretarios de los Comités de la capital, reservándose ellos el trabajo de coordinar los informes y hacer el resumen de toda la labor. A los noventa días de acometer esa empresa ciclópea, los quince legisladores conocían al dedillo la vida y milagros del cocobacilo de Herrlin y sabían el té que se había gastado en la primera semana del primer año en el Subcomisariato de los Quirquinchos. Pero su asombro no tuvo límite cuando advirtieron que los mapas reproducidos en el formidable Atlas eran falsos. Todas las cartas levantadas mensualmente durante cinco años por la Sección de Cartografía del Departamento señalando la repartición de la plaga leporina habían sido construídas de cabo a rabo con datos absolutamente inventados. En veinte puntos del territorio no se habían conocido nunca otros conejos que los reproducidos en los carteles de propaganda de la Protección Agrícola, y a pesar de eso desaparecían en los mapas bajo enormes borrones de azul de Prusia. La mistificación alcanzaba proporciones de epopeya en los mapas de la región de Cuyo, trazados bajo la dirección de Delfín Acuña; las dos provincias vitivinícolas parecían un mar inmenso; ¡tan uniforme y constante el añil que las cubría!

Es de imaginarse el escándalo que en torno de este asunto promovió la diputación socialista. Las revelaciones que agregaron respecto al manejo de los fondos de la Protección Agrícola y sobre la inercia criminal que había reinado en las gestiones para la aplicación del cocobacilo produjeron en todo el país una sensación de estupor.

El presidente de la República declaró que ayudaría con todo su poder al esclarecimiento del affaire, y dió, en efecto, órdenes al jefe de Policía para que se pusiera al servicio de la Comisión investigadora parlamentaria.

Esta inició la instrucción del sumario en medio de la mayor expectativa pública; los taquígrafos de la Prensa asistían a las sesiones, y a cada reunión los diarios opositores anunciaban con bombas de estruendo la aparición de los boletines especiales. Se tomó declaración al ministro de Agricultura, a Simón Camilo Sánchez, al doctor Gaona y, en fin, a todos los que habían tenido alguna participación en la campaña contra el conejo. Cuando le llegó el turno a Delfín Acuña se anunció que acababa de partir para Montevideo, y en su lugar la Comisión investigadora hizo traer a su seno al profesor Herrlin. Los taquígrafos de la Prensa no pudieron recoger ni una sola palabra de las pocas pronunciadas en sueco por el sabio. Después de una serie de tentativas para entender al privat docent, la Comisión dictaminó que ese individuo no podía ser el autor de los brillantes trabajos que figuraban en el Informe, y que éstos, con toda seguridad, eran fraguados como los mapas. Augusto Herrlin fué devuelto a casa de doña Asunción y exonerado en el día por el superior Gobierno. Los diarios opositores menudearon las bombas y los boletines, y en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Tucumán y Mendoza se organizaron espontáneamente grandes manifestaciones populares. El doctor Gaona declinó su candidatura a la presidencia, y el ministro de Agricultura presentó su dimisión, que le fué aceptada. En cuanto a Simón Camilo Sánchez, emprendió discretamente un viaje al Brasil con la intención de renunciar a la vuelta.

El doctor Juan Carlos Vértiz fué elegido presidente sin oposición. El día de su asunción del mando, después de prestar juramento ante el Congreso, se encaminó a su quinta de Morón para meditar sobre los hombres que debían compartir con él la pesada carga del gobierno.

Al salir fué aclamado por la multitud y llevado en andas desde la plaza del Congreso hasta la estación del Once, donde le esperaba, para conducirle a su retiro, un vagón de segunda acoplado a un tren de carga, pues el doctor Vértiz era muy demócrata. En su entusiasmo, el pueblo llegó hasta querer desenganchar la locomotora y arrastrar a pulso el vagón de su ídolo. Pero la fe, que levanta montañas, es incapaz de mover un vagón de ferrocarril...

CAPITULO XVIII
DONDE SE REVELA POR FIN LA SINGULAR EFICACIA DEL COCOBACILO DE HERRLIN

Simón Camilo Sánchez retornó al país cuando el doctor Vértiz se hallaba en plena luna de miel con el bastón de Rivadavia. El ejercicio de la presidencia, los halagos de una autoridad indiscutida sobre todos los partidos políticos del país habían exaltado su optimismo hasta el punto de que ya no creía posible la existencia del mal sobre la tierra. Así, cuando Simón Camilo Sánchez fué a verle para ofrecerle personalmente, con todo el dolor de su alma, la renuncia del cargo de director del Departamento de Protección Agrícola, el presidente le recibió con los brazos abiertos y le forzó a que continuase prestando sus servicios al país. «Es cierto—le dijo—que el conejo carece de existencia ideal, pero en cambio los empleados de la Protección Agrícola son una realidad tangible. Yo no puedo abandonarlos a su suerte, y he pensado en utilizar esa institución para la propaganda de optimismo renovador entre las clases rurales.»