Men walk as prophecies of the
next age.—Emerson.
El autor de Tres Relatos Porteños nació en 1892. Le quedan muchos años por vivir. Vió la luz en Buenos Aires. La vida intensa de estos hormigueros y caravanseras que ha socavado y llevado la civilización en la tenue y quebradiza costra del planeta no tiene para él secretos ningunos. Estudió en el Colegio Nacional. Tiene ganado en brava lucha su título de bachiller. Asistió más tarde a las aulas de la Escuela de Medicina, con el propósito de conocer al hombre, mas no con el de aliviarle sus dolencias por medio de las drogas o el bisturí, porque, a poco andar, ya había plantado sus reales en el Instituto Pedagógico, si hemos de creer a sus biógrafos más desinteresados. Su curiosidad de las cosas humanas le hizo abandonar estas disciplinas para entrar en 1910 a ser preparador experimental del Laboratorio Psicológico. A todas partes le llevaba el deseo de conocer al hombre, de escudriñarle las entrañas y disecarle el pensamiento. Satisfecha su curiosidad en el Laboratorio, puso la mira en la Prensa diaria, documento humano de una riqueza fascinadora y de una extensión suficiente para colmar el apetito de los más insaciables investigadores del corazón humano. Allí se aposentó, allí parece haber hecho mansión definitiva, y en voceros de la opinión argentina empezó a darle al mundo el resultado de su experiencia y de sus estudios personales. No es Cancela un mero escritor imaginativo. Ha vertido sobre las cosas y los hombres la luz del conocimiento antes de ponerse a describirlas o desenmascararlos. Es una manera de probidad que no abunda en los escritores juveniles. Tal hay que escribe novelas sobre las costumbres de los mayas sin haber visitado la América Central ni leído siquiera lo poco que de esas tribus ha llegado hasta nosotros.
Cancela recibió de la Naturaleza el don de ver, el don de penetrar y el don de describir. Hay quienes describen sin haber visto y deslumbran como deslumbra el cohete, derramando luces inconexas en la obscuridad. Hay quienes ven la superficie y producen con sus descripciones la impresión de lo vacuo, porque la Naturaleza les ha negado la facultad de profundizar en la observación hasta descubrir el alma de las cosas y las intenciones de los hombres. Es tan penetrante la visión interior de Cancela, que suele cautivar a sus lectores pintando con minuciosidad extrema la vida interior de los necios y, lo que es aún más difícil, la de las necias.
Se ha colocado, en presencia de la vida, en una actitud de observador compadecido de las flaquezas, de la estulticia humana. No se indigna: sonríe. Ni siquiera condesciende en reírse. Parece como si temiera que la carcajada interrumpiese la benévola eficacia del pensamiento. Una actitud parecida a ésta ha debido de asumir Sócrates y sin duda la tuvo Cervantes en presencia del conflicto vital. Corregir es inepto. La burla resulta inadecuada. Sonreír es lo más honesto y en ocasiones lo más elegante, porque si el chiste reverbera y el sarcasmo punza y provoca la reacción del espíritu vulnerado, la reverberación y el encono pasan pronto y a veces pasa con ellos el mérito literario de la obra que los ha producido.
Del verdadero escritor humorista se dice que vive la vida de su tiempo y la de los años por venir. Este libro de Cancela tiene con la vida contemporánea nexos indestructibles. Acaso no estuvo en el ánimo de su autor, pero estos tres bocetos se rozan con los más graves problemas de la hora presente. Acaso sean también una premonición para los hombres del porvenir. La historia del doctor Herrlin se roza con esta especie de religión nacida, a última hora, de la fe ciega que los hombres han puesto en la técnica y en los expertos. La credulidad humana es cosa tan tenaz y tan falta de lógica que, a pesar de la guerra de 1914, el fracaso más estruendoso de la técnica, de los peritos militares y de los expertos en materia de finanzas, aquella religión no ha quemado sus ídolos ni derribado sus templos. La psicología comparada, que había pronosticado la decadencia de franceses, ingleses e italianos y su fácil vencimiento por las tribus septentrionales, continúa iluminando el cerebro de los profesores. Los hombres que le increpaban a Alemania su incapacidad de entender a otros pueblos han resultado igualmente limitados para escudriñar el alma de los alemanes. Los peritos, los técnicos, parecen empeñados en destruir la civilización, que, según todas las probabilidades, ha sido la obra de la casualidad y del esfuerzo intercadente de algunos pueblos amantes de la gracia y de la comodidad. Cancela ha visto que en América la religión de la técnica se ha complicado con la superstición del extranjero. Allá basta que un hombre atormente la sintaxis castellana y tenga una pronunciación rocallosa para que le sea fácil abordar el interior de los templos en que se celebra el rito de la técnica.
Otro de nuestros males presentes es la lucha de clases: mal tempestuoso que está privando por dondequiera a la especie humana de sus más excelsas cumbres. Un día cae Canalejas; otro, Jaurès. Una mano obscura cercenaba la vida de Kurt Eisner, acaso la misma mano que más tarde señalaba el fin de la inteligencia fastuosa de Rathenau. El mundo se disuelve comenzando por la desaparición de los grandes hombres. Un vértigo como éste, de envidia incomprimida, trajo, según Burckhardt, el ocaso de la cultura griega. En Una semana de holgorio está de bulto la ceguedad del odio de clases.
Por fin, Cancela ha puesto su cauterio sobre los bordes cárdenos de otra llaga social. La úlcera maligna de los nuevos ricos obra con menos vehemencia en este empeño destructor, pero no con menos eficacia. El nuevo rico, ahora como en tiempos de la Roma decadente, contribuye a la tarea disolvente rebajando el nivel de los grandes valores vitales. El no destruye, pero degrada. La fortuna, que pone a su alcance la flor de los valores de cultura, no le ha dado ni la inteligencia para comprenderlos ni la capacidad de refinar su espíritu gozando de ellos. Para ponerlos a su alcance tiene por fuerza que traerlos a un plano inferior, donde se degradan o se invierten. Triste fenómeno social estudiado en El culto de los héroes.
Todo esto lo ha visto la inteligencia de Cancela. Pero demasiado discreto para hacer el pedagogo, ha querido pasar por un mero relator de sucesos contemporáneos. Es, en efecto, un narrador de altas dotes. Su frase es pura y tersa como la corriente de un arroyo que serpentea por el valle después de haber golpeado el cristal de sus ondas contra las rocas de la alta sierra. La fuerza representativa, el humor predominante en su concepto de la vida, la gracia elusiva de su estilo, su actitud impersonal ante las miserias que describe, hacen de Cancela un hombre de esos a quienes se refiere Emerson cuando dice que son las profecías ambulantes del mundo que ha de venir. Adveniat regnum tuum.
No quiero terminar estos apuntes sin felicitar sinceramente a «Calpe» por el acierto con que ha escogido este libro para dar a los españoles una idea de la literatura americana contemporánea de lengua castellana. El libro favorece a las letras americanas, pero es un digno exponente de ellas. En la obra mecánica la fuerza se mide en las partes más flacas. La resistencia de una cadena la da rigurosamente el más débil de sus eslabones. No es así en las obras del pensamiento. La literatura de los pueblos se mide por la altura de las cumbres más excelsas: Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Tolstoi. La lista se agota pronto. Lo demás es documento con que los eruditos suelen llenar sus fichas.
B. Sanín Cano.