Sábado, 11.—He pasado el día de ayer y la noche última en un estado de inconsciencia lamentable. Durante la noche se reprodujo en dos o tres ocasiones el tumulto que presencié la madrugada del viernes. Los agentes se han acostumbrado al peligro, porque ahora, entre alarma y alarma, bailan tangos y beben cerveza. ¿Dónde se han procurado ese instrumento horrible que se llama un bandoleón?
El ritmo canallesco y monótono de nuestro baile nacional se mezcla al silbido alterno de la bomba extractora de cerveza...
Me doy a imaginar un órgano hidráulico de inmensas proporciones, accionado por cerveza, que no toque sino tangos: «Cara Sucia», «Mi noche triste», «Piantá piojito...» En su torno bailan una infinidad de vigilantes con los cascos compadronamente echados sobre los ojos.
De pronto se hace un silencio, corren unos cerrojos y oigo un grito:
—¡A ver el diputado por Potosí!...
Creo que debe de ser por mí. Me aproximo a la puerta, y de un empujón me colocan en medio de un piquete de soldados del escuadrón, que echa a andar con paso marcial hasta el despacho del comisario. Allí me hallo con todo el aparato de un Consejo de guerra. La presidencia está ocupada por un capitán del escuadrón, un mozo rubio y elegante que parece un capitán de ulanos. Según he oído, le dicen Aramis porque tiene la costumbre de trompearse «mano a mano» con los presos peligrosos. A su lado se sientan dos oficiales plenamente poseídos de sus funciones. En ambos extremos de la estancia dos centinelas velan rígidamente. Me hacen sentar, y el capitán Aramis se pone de pie:
—Si usted no declara toda la verdad le vamos a fusilar inmediatamente...
Con esa resignación que uno tiene en las pesadillas, cuando duran demasiado, inclino la cabeza y quedo en silencio.
—Le damos cinco minutos para que se decida...
Evidentemente, todo esto es un sueño; cuanto antes termine será mejor; me despertaré en mi cama.