Me asomo a ver. Estamos en una encrucijada; la calle perpendicular a la que seguíamos ofrece un pronunciado declive y como cincuenta metros más adelante tuerce bruscamente hacia la izquierda. En el fondo de esta hondonada se alza, ocultando todo el horizonte, una inmensa casa de departamentos, cuyas galerías de hierro y cristales le dan el aspecto de un enorme trasatlántico. Contra esas galerías, en las que se ven algunas plantas y macetas suspendidas, está tirando mi escolta. Los cristales saltan en pedazos con una vibración argentina y hasta parece oírse el ruido sordo de las balas atravesando el latón de las barandas. Llegan hasta nosotros gritos penetrantes de mujeres y estrépito de puertas. No advierto, sin embargo, el silbido de los proyectiles que se nos dirigen, a pesar que desde allí cerca siguen partiendo detonaciones.

De pronto el capitán Aramis da una orden, que el trompa, mi viejo conocido, traduce en clarín: «¡Avancen!»

¡Oh asombro! No ha terminado aún, cuando otro clarín repite fielmente en la casa de departamentos la misma orden: «¡Avancen!»

A todo esto los caballos de mi carrito se han espantado, lanzándose calle arriba en una carrera frenética. El bombero conductor hace esfuerzos inútiles para aplacarlos. A las dos cuadras doblamos a la izquierda, llevándonos por delante un buzón. Los caballos disminuyen la marcha. Aprovecho entonces la circunstancia para tirarme del carro, y como los caballos reanudan su fuga desenfrenada, sigo a pie en la dirección contraria. No hay un solo vigilante en las cercanías.

Desde aquí el fenómeno del eco es bien evidente. Las detonaciones repercuten en la casa de departamentos con una nitidez maravillosa. Y hasta las órdenes vibrantes de Aramis son duplicadas con una manifiesta oficiosidad.

¡Oh ninfa Eco, a quién debo mi libertad! ¡Locuaz hija de Uranos y Gea, mi agradecimiento será eterno! En loor tuyo todos mis hijos se llamarán Narciso y estudiarán acústica...

CAPITULO XI
«HANDS UP!»

Como no tengo deseo alguno de volver a caer en manos del capitán Aramis, a pesar de su exquisita cortesía, me voy alejando del lugar de la encarnizada refriega con toda la premura de que soy capaz. La libertad me ha devuelto la reflexión; observo y me convenzo de que soy inocente, absolutamente inocente; pero a pesar de esto no disminuyo la rapidez de mi marcha. ¿Por qué los inocentes huyen a la Policía mucho más que los culpables? Quizá por falta de hábito. Sin embargo, el acto de darse a la fuga es una terrible presunción en contra de uno. «Se dió a la fuga», y ya todos suponen que se trata de un terrible criminal. Debemos, en consecuencia, si tenemos la conciencia tranquila, aguardar a pie firme al empleado policial, al digno representante de la autoridad, al benemérito guardián del orden, y sonreírle y agasajarle, y abrirle nuestro corazón y nuestra casa... Pero por proceder así he sufrido dos días de hambre, recibido varios culatazos y soportado todas las angustias de un condenado a muerte. Bien hecho: ¿quién me mete a mí a devolver un máuser? Las armas, como los libros, no se devuelven nunca. Se devuelve un pañuelo a la señorita que lo ha perdido, una cartera vacía al señor que acaba de bajar de la escalera, un guante de la mano izquierda al joven que lo ha extraviado en el ascensor; pero no corresponde detener a media noche a un individuo mal entrazado para decirle: «Tome, señor, esta daga que se le ha caído...»

En el curso de esta meditación llego ante el Mercado de Abasto y puedo observar desde aquí el espectáculo desacostumbrado que ofrece la calle Corrientes. Pequeños grupos de jóvenes, con brazales bicolores, armados de palos y carabinas, detienen a todos los individuos que llevan barba y les obligan a levantar las manos en alto. Mientras los que usan palos les apuntan con éstos a bocajarro, los de las carabinas les pinchan con ellas en el vientre, y otros, desarmados, se cuelgan de las barbas del sujeto.

Según me informan en un corro, este original procedimiento tiende a estimular entre los barbudos el amor a la nación Argentina. Como soy lampiño, me creo a cubierto de semejante recurso pedagógico y sigo hacia el centro. En el camino advierto que otros grupos apedrean las casas de comercio los nombres de cuyos propietarios abundan en consonantes. ¿Por qué les tienen tanto odio a las consonantes? ¿Acaso las vocales solas pueden componer un idioma?