Delante mío va un viejito canoso, de rancho de luto, alpargatas y saco de lustrina. Camina presuroso, sin que el tumulto atraiga para nada su atención. De pronto, un grupo estacionado en mitad de la calzada nos da el alto imperiosamente. Yo me paro en seco; pero el viejito no detiene su marcha. Un mocetón fornido, que ostenta el consabido brazal celeste y blanco, corre a su encuentro revólver en mano.

—¡Párese! ¡Arriba las manos!

El viejo se cuadra y levanta en alto la mano izquierda. Esta obediencia parcial irrita al mocetón, que le reitera la orden:

—¡Arriba las manos!

El viejo continúa con la mano izquierda en alto, mientras la derecha desaparece completamente en el bolsillo del saco de lustrina, que contiene a simple vista un bulto insólito. Suena un tiro, y después de un ligero balanceo, el viejito se desploma de cara al suelo, siempre con la mano izquierda en alto... Rápidamente, el mocetón que ha hecho fuego se abalanza sobre el caído para sacarle el arma que indudablemente tiene en la mano derecha, y retira del bolsillo una manga vacía que queda extendida sobre la baldosa. El extremo sobresale del cordón de la acera y se dobla hacia la calzada como una manguera exhausta. Por poco tiempo, sin embargo, porque segundos después comienza a arrojar un fino hilo de sangre sobre el pavimento.

El viejo «era» manco.

CAPITULO XII
LA VUELTA AL HOGAR

Hasta este momento yo no había visto morir a nadie. Tenía por eso la idea de que la muerte era un espectáculo aparatoso y trascendental, que exigía ciertas transiciones y un cuadro apropiado. Nada más sencillo, por cierto, según el episodio que acabo de contemplar.

Sobre el asesinato, en especial, yo tenía las ideas más melodramáticas posibles. Lo suponía algo lleno de violencia, de pasión, de ferocidad, y se me antojaba torva y siniestra la figura del matador... Nada de eso, sin embargo. Es el incidente más trivial que se pueda imaginar.

Usted se pone en torno del brazo izquierdo la cinta del gato de su casa o la liga de la mucama, coge su revólver, sale a la calle y le pega un tiro en el corazón al primer hombre humilde que le parezca sospechoso. Con eso quizá ha dejado usted en la orfandad a media docena de chiquilines, pero en cambio ha consolidado las instituciones y ensayado su puntería.