Me voy acercando a casa. Al reconocer los lugares familiares experimento una emoción incontenible, como si volviera de un largo viaje. ¡Me parece que hace tanto tiempo que dejé mi silencioso departamento de soltero! El mucamo me recibe en la escalera, y al observar mi aspecto demacrado y mi aire abatido, supone que vuelvo de una fenomenal partida de poker. Presume, además, que he perdido lo indecible y presiente un período de estrecheces y apuros. Esta preocupación le agria el gesto, y en vez de comunicarme las novedades que se hayan producido, se hace a un lado austeramente...
CAPITULO XIII
EL ASALTO A LA COMISARÍA 44
Domingo, 12.—Me he despertado hoy a mediodía, tras haber dormido cerca de diez y ocho horas seguidas, con un sueño profundo de niño. Después del baño me he quedado en pijama y me hice traer los diarios de la mañana. Ya no me acuerdo de mi aventura de días pasados y me entero de las noticias de la huelga con toda la buena fe de un espectador desinteresado. Imprevistamente, el corazón da un latido anunciador y leo:
«El asalto a la Comisaría 44.—El primer ataque, preludio y quizá preparación combinada de los que se produjeron al día siguiente, se dirigió contra la Comisaría 44. El asalto se inició contra los centinelas avanzados que se encontraban a media cuadra del local de dicha Comisaría. A consecuencia de este ataque, se cambió un nutrido tiroteo entre los leales defensores del orden público y los maximalistas, que se hallaban perfectamente pertrechados y poseían máuseres de último modelo, muchos de los cuales conservaban aún la etiqueta de venta.
Dará una idea del armamento que poseían los ácratas el hecho de que una barrica que se hallaba en la calle, frente a la misma Comisaría, fué literalmente convertida en una criba por los proyectiles que se dirigieron contra el local.
En esa refriega los defensores de las instituciones tuvieron que hacer actos de verdadero arrojo para impedir que la turba de agitadores se apoderara de la Comisaría, en cuyo zaguán se libró una verdadera batalla.
Contenido el asalto por las fuerzas policiales, pudo notarse que dentro de la Comisaría se hallaba un sujeto extraño a ella, el cual se señaló desde el primer momento como uno de los cabecillas del atropello. Estas sospechas pudieron confirmarse más tarde cuando dicho sujeto, que dijo llamarse Nicolás Dilonoff, después de un hábil interrogatorio, que contestó con evasivas, trató de desarmar a uno de los agentes. También gritó «¡Viva el maximalismo!», aprovechando un momento de descuido de sus guardianes.
En vista de esto, el temible agitador, en cuyo poder se encontraron grandes sumas de dinero, fué puesto a buen recaudo por la autoridad, y a la mañana siguiente enviado al Departamento Central de Policía bajo segura custodia.
Por desgracia, los compañeros de Dilonoff lograron conocer el recorrido por donde debía pasar y atacaron a la escolta que lo conducía no bien ésta desembocó por una de las calles adyacentes al lugar donde se produjo el hecho. Los agentes trataron de repeler la agresión, cambiándose entre los dos bandos más de tres mil tiros.
Aprovechando la confusión que se produjo a raíz de este ataque, el temible agitador logró eludir la vigilancia de la policía, ignorándose hasta este momento su paradero. Se espera, sin embargo, detenerle de un momento a otro.