Nicolás Dilonoff, que también se hace llamar Jesús Martínez, es un viejo conocido de nuestra policía. Ha llegado al país hace pocos meses, y a pesar de eso habla correctamente el español. Se sabe que en Rusia, su país de origen, ha mantenido estrechas relaciones con Lenín y Trotsky.»
Suspendo la lectura y llamo al mucamo: ¡Mauricio! ¡Mauricio!... Mauricio se presenta alarmado. Yo me vuelvo hacia él con una profunda congoja y le digo: «Mauricio, estoy mal de la cabeza. Llama inmediatamente a un médico; prepárame un sinapismo; llévate esos diarios; alcánzame la aspirina; corre el cortinado; disponme otro baño; avísale a Perucho, pero no le dejes entrar; no estoy para nadie; descuelga el tubo del teléfono y arréglame las valijas, porque me voy a Montevideo...»
Mauricio supone que efectivamente estoy mal de la cabeza, y yo me vuelvo a meter en cama...
CAPITULO XIV
DE CÓMO RECOBRO EL USO DE LA RAZÓN Y OTROS OBJETOS
Miércoles, 15.—He pasado una terrible crisis. Desde el domingo hasta anoche he sido presa de la fiebre y del delirio. Sólo ayer, a la hora de la comida, después de un breve sueño reparador, he vuelto a ser el hombre normal de hace ocho días. El médico cree que aun estoy débil y ha prohibido que se me hable de la huelga; pero, como es natural, durante toda la noche no nos hemos ocupado de otra cosa con Perucho Salcedo y con Amenábar, que han estado a visitarme. Les he contado todo lo que me ocurrió desde el jueves último, a medida que me iba acordando, y ¡bien sabe Dios si hay fallas en mi memoria!
¡Cosa singular! Se han reído hasta desternillarse. Cuando hubieron terminado de reírse, examinamos mi situación personal. Perucho me aconsejó que le mandase los padrinos al comisario de la 44, y Amenábar, que fuera a reclamar el reloj, la tabaquera, las llaves y el dinero que me habían sacado. Este último consejo me parece el más oportuno; pero antes debo liquidar mi situación como delincuente, porque no hay que olvidar que tengo la captura recomendada... Para la Policía soy Dilonoff, el terrible Dilonoff, un prófugo, un conjurado, un perturbador del orden social.
Amenábar ha prometido arreglarme el asunto en el día, pero no las tengo todas conmigo. Si fuese un delincuente empedernido podría contar, por lo menos, con el indulto presidencial; pero como soy inocente...
A las cuatro llega Amenábar en su soberbio «Packard». Vienen con él Perucho, Totó Arribillaga y el mono Sánchez Oriol, que es medio pariente del comisario de la 44. Todos quieren presenciar el efecto de mi reaparición en la Comisaría que asalté yo solo, por mi cuenta.
Como ya me siento bien y además tengo deseos de unirme con mi reloj, no opongo obstáculos al viaje, cuya duración no deja de preocuparme. ¡Estos jóvenes no saben dónde queda la Comisaría 44! Sin embargo, a los veinte minutos nos detenemos ante un edificio, que reconozco vagamente. Hemos venido en línea recta, sin la menor desviación ni el más pequeño barquinazo. ¿Es el coche o las calles? Vuelvo a sufrir la ilusión del damero.
Cruzamos el zaguán obscuro, en el que ya no se advierte rastro alguno de las pasadas luchas. (La Comisaría ha seguido siendo asaltada después de mi retiro.)