El mono Sánchez Oriol se adelanta y, después de parlamentar brevemente, nos hace pasar al despacho del comisario.
Este nos recibe de pie con una afabilidad de gran caballero.
Presentaciones: Amenábar, Salcedo, Arribillaga. Grandes saludos. Cuando me llega el turno, el mono dice simplemente: «¡Dilonoff!» Coro general de carcajadas. El comisario es el que ríe con más ganas. Después de un momento de conversación, durante el cual nos muestra un retrato de Sarmiento destrozado por las balas (es el retrato que el sargento arrojó sobre la barricada), procede a entregarme «mis efectos». Por una deferencia especial no me pide recibo.
Nos despedimos; pero cuando todos han salido, el simpático comisario me retiene para decirme con tono de dulce reproche: «Pero, amigo, ¿cómo no me dijo usted que era socio del Jockey?...»
Al regresar vamos a toda velocidad por la anchurosa avenida con arboleda central. Inesperadamente el mono Sánchez Oriol prorrumpe en un alarido: «¡Viva el presidente del Soviet!» Este grito hace volver la cabeza a los transeuntes, y creo reconocer rápidamente dos ojos garzos que me miran con asombro, una cabellera castaña, un traje blanco suelto. ¿Es una ilusión?... ¡Estos autos marchan tan rápido!...
EL CULTO DE LOS HEROES
CAPITULO PRIMERO
DE CÓMO DON JUAN MARTÍN IBA ACORTANDO SUS PASEOS
Al salir aquella mañana, don Juan Martín habíase dado con el mayor de sus nietos, quien, cansado y furtivo, regresaba al domicilio familiar. El muchacho, sorprendido, no acertó sino a decir: «Buenos días», cortesía trivial que el anciano retribuyó con un «Buenas noches» cortante como el aire frío de la madrugada.