No dijo más; pero el encuentro habíale puesto de mal humor.

Por un antiguo hábito ambulatorio, don Juan Martín tenía la costumbre de meditar sobre sus negocios mientras iba por la calle, solo y abstraído, en medio del tumulto urbano. La primera idea de su gran empresa ocurriérasele en esa forma, al cabo de cinco años de pasear por la ciudad su aparejo de afilador, y otros tantos había madurado el proyecto en sus interminables caminatas. Cinco años, durante los cuales empujó su máquina rudimentaria con aire ausente, acariciando en su espíritu vagos sueños de riqueza y arrancando a su silbato, de trecho en trecho, un sonido largo y modulado como un reclamo a la fortuna.

Por cierto que ese pregón, tradicional en Buenos Aires, no tuvo poca parte en la ulterior prosperidad de Juan Martín. A causa de él, los robustos changadores gallegos que en muchas esquinas comentaban indolentemente la exigua crónica telegráfica de los diarios de entonces, a la espera de que se les mandase llamar para transportar un piano o conducir una carta de amor, tareas desproporcionadas que realizaban con igual indiferencia e idéntica celeridad, solían burlarse de su cuasi conterráneo—Juan Martín era de los límites de Asturias—con toda la pesadez de su inteligencia de atletas. En Galicia, con el mismo reclamo, largo y modulado, anuncian su presencia en las aldeas los castradores de cerdos. Y eran sobre ese leit-motiv procaz, un número infinito de variaciones y desarrollos que el pobre ambulante escuchaba resignado, traduciendo únicamente su sorda irritación en el leve temblor del silbato de níquel que colgaba siempre de su boca como una prolongación natural del belfo. ¿Fué un efecto de su antipatía hacia aquel gremio jocundo y holgazán la primer idea de la industria que lo enriqueció y llegó a cambiar uno de los aspectos de la ciudad? ¿O no se debió todo sino a la antigua hostilidad de las tribus nómadas hacia las de hábitos sedentarios, causa de tantas luchas prehistóricas, reconocible aún, bajo pretextos nuevos, en los conflictos de los gremios urbanos? Fuera uno u otro sentimiento la raíz oculta de su invención, o ambas a la vez, el hecho es que a Juan Martín se le ocurrió realizar los servicios que llevaban a cabo sus pesados burladores con carros ligeros de dos ruedas, y un buen día, dejando su máquina de afilar en un rincón de la pieza que habitaba con su mujer y su hija, se lanzó a la calle arrastrando el primer vehículo a tracción humana que se conoció en la capital. En los años que siguieron y que marcaron un ascenso lento, pero constante, en su pequeña industria, D. Juan Martín continuó recorriendo la ciudad al paso flexible y silencioso de sus alpargatas, revisando en su mente cálculos de enriquecimiento cada vez más concretos. Y a medida que se engrandecía su negocio iba disminuyendo el radio de sus paseos y la amplitud de sus meditaciones.

Ahora que estaba enormemente rico, que había centralizado en su empresa casi todos los servicios de transportes y encomiendas del país, que figuraba en el directorio del Banco Español y era uno de los mayores propietarios de inmuebles de la ciudad, el breve trayecto entre su lujoso hotel de la calle Maipú y el viejo edificio de las oficinas en el Paseo de Julio, cerca del Retiro, bastábale para resolver todos sus asuntos. Pero siempre el ritmo de su paso era el mismo de cuando iba empujando su aparejo, y aunque algo relajado por la senectud, su belfo se avanzaba como si aun intentara, con el silbato ausente, lanzar uno de aquellos largos y modulados reclamos a la fortuna.

CAPITULO II

EN QUE SE MUESTRA QUE LA PIEDAD, COMO OTROS ACHAQUES DE LA VEJEZ, LA MIOPIA, POR EJEMPLO, PUEDE CORREGIRSE CON EL USO DE CRISTALES ADECUADOS

Esa vez, al llegar al edificio de la Empresa, D. Juan Martín advirtió que, contra su costumbre, no había sido durante la breve caminata dueño de sus pensamientos. Evidentemente, el encuentro con su nieto habíale puesto de mal humor. Una sucesión lenta de ingratas escenas familiares, un sentimiento difuso de soledad y la impresión angustiosa de que su ausencia definitiva no sería lamentada por nadie, le dominaron durante todo el trayecto. Así, cuando se vió ante la puerta de su despacho y recordó que debía resolver en última instancia aquel asunto de los terrenos de Puente Alsina, se notó desapercibido y en mal estado de ánimo.

Don Juan Martín nunca dejaba librado al azar de una entrevista el resultado de un negocio, pequeño o grande. Iba siempre a ella con un plan apenas esbozado, pero llevando una decisión prolijamente madurada en sus paseos, de la que no se apartaba un ápice.

Pero en esta ocasión estaba desorientado e indeciso. ¿Consentiría en renovar una vez más el contrato de alquiler a los paisanos suyos, que desde tiempo inmemorial poseían en aquellos terrenos un establecimiento entre rural y urbano, a la vez fonda, cancha de bochas y corralón de hacienda?

El creciente desvío de la hija, que comenzara poco después de la muerte de la madre, le había ido acercando a sus paisanos, le hacía complacerse en las evocaciones de la tierra natal, tan lejana en sus recuerdos, y le convirtiera en el filántropo de que hablaban los periódicos regionales de aquí y de allá. Por eso mantuviera hasta entonces improductivos aquellos terrenos comprados casi por nada a fines del siglo, que había visto, en su última visita, rodeados de amplias avenidas, calles pavimentadas, líneas de tranvías, casas modernas y edificios industriales. Sus dos paisanos, padre e hijo, venían disfrutando de esa locación excepcional con la misma candorosa indiferencia con que se habían dejado cercar por el progreso y la riqueza, sin modificar sus hábitos rurales adquiridos treinta años antes, cuando aquel lugar era el tránsito obligado de los arreos que iban al matadero. ¿Prolongaría esa situación absurda, perjudicando un plan ya antiguo de ampliación de los depósitos de la Empresa, para no alterar la dejadez crónica de los dos acriollados asturianos?