Cuando penetró en el despacho, ya le estaban aguardando, zurdamente acomodados en sendos sillones, sus dos inquilinos: el padre, un anciano de barba blanca, pañuelo de seda negra al cuello, ropa obscura y botines de elástico, y el hijo, un hombre ya maduro, fornido, con aspecto de capataz de estancia. Don Juan Martín los saludó sin mucha espontaneidad; ocupó su asiento tras el escritorio, y al punto entabló la conversación con sus comprovincianos. Los dos inquilinos no conservaban el menor dejo del acento nativo. Hablaban con la prosodia llana y el lenguaje descuidado de los hombres del campo de Buenos Aires. En cambio, D. Juan Martín, que nunca perdiera la ruda pronunciación regional, había adquirido en la última época de su vida, por su frecuentación del alto comercio español, el prurito del casticismo. Y nada más cómico, a causa de esa diferencia idiomática, que la continua apelación a los orígenes comunes, al deber de ayudar a los paisanos, al amor al terruño con que los dos suplicantes procuraban ablandar al hombre de negocios.
Mientras así le hablaban, D. Juan Martín, lejos de conmoverse por las evocaciones ingenuas de la aldea, casi desvanecida en su memoria, pensaba en la catástrofe que significaría para aquel viejo verse expulsado del lugar en que, por una síntesis frecuente en los inmigrantes españoles que no han sido arrastrados por el vértigo de la ciudad, conciliara desde su llegada al país el espíritu sedentario del agricultor europeo con la clásica despreocupación del gaucho. En todo el tiempo que llevaban aquí no habían ahorrado un centavo, ni acreditado su negocio, ni conseguido aptitud alguna para abrirse camino en la vida. Todo su capital consistía en la clientela, cada vez más escasa, que acudía a aquel establecimiento indefinido, último representante de la ya olvidada tradición del barrio. Contra la formidable presión del ambiente que tendía en cien formas distintas a desplazarlos, a arrojarlos a los nuevos suburbios, para hacerles repetir al cabo de cuarenta años los días azarosos de la inmigración, no tenían más defensa que la buena voluntad de su afortunado paisano.
Don Juan Martín sentía que se iba emocionando. Le impresionaba, sobre todo, la afinidad espiritual que era posible advertir entre el padre y el hijo, el cariño viril que se profesaban, la semejanza en la figura, en los gestos, en la voz... Y envidiaba al pobre viejo de barba blanca esa paternidad absoluta, acabada, tanto quizá como él suponía codiciaban los otros su actual opulencia.
Estaba a punto de pronunciar la palabra definitiva que devolvería la tranquilidad a sus visitantes—D. Juan Martín nunca se desdecía—cuando alcanzó a ver sobre la mesa el estuche de los lentes. Con un gesto maquinal los abrió, montó los cristales sobre su fuerte nariz y comenzó a revisar el fajo de papeles que tenía ante sí. Era el anteproyecto del inmenso depósito para la Empresa, a construirse sobre los terrenos de Puente Alsina. La oficina técnica que los había formulado algunos años antes y que ahora insistía en ellos con motivo de la terminación del irrisorio contrato señalaba la necesidad, cada día más imperiosa, de descongestionar la casa central, de tener un local adecuado para los camiones, de alejar el tráfico de las parroquias aristocráticas. Había que aprovechar, además, los precios transitoriamente bajos de los materiales de construcción. Todo esto, gracias a la ampliación de los cristales, se le aparecía con caracteres nítidos, con una acuidad de visión que era a la vez un placer del sentido y de la mente.
En cambio, al levantar la cabeza, las siluetas de los dos hombres que, encogidos en la penumbra, estaban aguardando la respuesta, se le presentó borrosa, confusa, apenas perceptible.
Y sin vacilar, con un solo movimiento negativo, condenó irrevocablemente a sus dos paisanos a la miseria.
CAPITULO III
BREVE EXCURSIÓN A TRAVÉS DE LOS APELLIDOS
«... but the last name is certainly meant,
by all logic and history, to link a man
with his human origins, habits or
habitation.»—G. K. Chesterton.
Don Juan Martín no tenía apellido. Es decir, el nombre de Martín, que recibiera de su padre, y éste a la vez de sus obscuros antepasados, no había sufrido la deformación que la costumbre exige para que se le considere un apellido. Parecía un nombre de expósito, y a esta circunstancia, que causara la aflicción de su hija, debiérase el que, por un homenaje inconsciente al iniciador de la industria, todas las Empresas de mudanzas llevaran durante un tiempo en Buenos Aires nombres de expósitos: Juan José, Pedro Juan, Luis Martín, etc.
Tal suerte de apellidos no evolucionados es relativamente numerosa y no tiene por fuerza consecuencias nefastas para el ansia de figuración social de sus poseedores. Basta juntarlos indisolublemente con los apellidos maternos, con lo cual fórmase un nombre compuesto más o menos eufónico, pero que es prenda segura de un antiguo linaje.