A la chica de Martín, cuando soltera, ni siquiera ese recurso le había quedado. El apellido de la madre, muerta hacia fines del siglo pasado, era un nombre imposible de exhibir a causa de lo que evocaba. Debió, pues, limitarse al uso del simple apellido paterno hasta que por el matrimonio lo completó con el de su marido, Alava, anteponiéndole la obligada partícula de, que acentuaba el efecto, al añadirle una vaga ilusión de aristocracia.

Doña Juana María Martín de Alava había olvidado hacía ya mucho tiempo esa humillante preocupación de su juventud. Así, cuando advertida por el padre de que en la semana próxima cumpliríase el vigésimoquinto aniversario del fallecimiento de la madre, y al disponerse a redactar el aviso de unos funerales, no es de extrañar que tuviera una ligera vacilación: la señora de Alava no recordaba el apellido de la madre.

Largo tiempo estuvo con el extremo del lápiz de oro entre sus labios bermejos, la mirada de sus ojos azules perdida en el vacío y el busto inclinado tratando de recordar el otro nombre de la madre.

No sin una ligera emoción, evocó su imagen. Volvió a verla, y se vió ella como hacía treinta años, pequeña, descalza, desarrapada, ayudándole a torcer la ropa en el lavadero de la ribera y siguiéndola luego por la barranca de la calle Comercio, en el camino de regreso a casa. Con un rubor retrospectivo recordó las injurias dialectales con que solía contestar los chicoleos atrevidos de los cuarteadores, a quienes llamaban la atención sus colores de campesina y el garbo con que llevaba en equilibrio sobre la cabeza, por la empinada cuesta, el monumental cesto de la ropa blanca.

Doña Juana María se asombró un poco de tener tan presente ahora el lugar de la escena. La vez pasada, con motivo de una visita a la sala del Patronato de la Infancia, que se halla por aquellas inmediaciones, había pasado por allí y nada recordara.

Luego, ya distraída del objeto de su esfuerzo rememorativo, pensó en cuán pequeña fuera la parte de la madre en el destino común. Muerta cuando apenas comenzaba a apuntar la prosperidad, su recuerdo no estaba vinculado a ninguno de los sucesivos triunfos familiares logrados merced a la tozudez del padre y a la habilidad de la hija.

La señora de Alava se atribuía, en efecto, un papel importante en el encumbramiento de don Juan Martín, cuyos aciertos financieros había ella realzado y centuplicado mediante la sucesiva elevación del plano social en que debían desenvolverse. Por cierto que la ambiciosa señora no se sentía muy apoyada en esa tarea de equilibrar constantemente el grado, siempre en ascenso, de la riqueza con los gustos, la educación, los modales y el tren del formidable trabajador.

¡El padre era tan brusco, tan limitado, tan egoísta! ¡La había dado tantos disgustos!

Por contraste, pensó en la madre, que no la había dado ninguno; la madre, que se había marchado discretamente de la vida antes de que su ignorancia y su torpeza hubiesen comenzado a importunar a la hija.

De ella no quedaba sino una fotografía desvanecida y una mala ampliación al carbón que D. Juan Martín se obstinaba en conservar en su dormitorio.