La señora retuvo, quizá por primera vez, que de ella había heredado el color de los ojos, la frescura de la boca, el porte gentil...

Y quedóse meditando, los grandes ojos azules perdidos en el vacío, el lápiz de oro apoyado contra los labios bermejos, con aquella expresión a la vez hierática y desdeñosa que se había compuesto inspirándose en las láminas mundanas del Sketch.

¿Llegó a recordar la señora de Alava el nombre impublicable?

Probablemente no; porque el aviso que apareció en los diarios decía así:

MANUELA N. DE MARTIN, Q. E. P. D., FALLECIDA el 15 de marzo de 1894...

CAPITULO IV
EL HUEVO DE LEDA

Poco interesados en aquella exhibición de un establo absolutamente aséptico, en el que cada uno de los animales tenía a su cabecera, prolijamente encuadrada, su ficha individual, como los enfermos de los hospitales, Amenábar y el embajador de España habíanse quedado a la zaga de la comitiva.

—¿Se imagina usted—observó Amenábar—qué pensarán los peones de este establecimiento cuando se les diga que Jesucristo ha nacido en un establo?

El embajador, que, a pesar de ser diplomático de carrera, tenía la imaginación viva, sonrióse ante la idea de un retablo «absolutamente aséptico», con una vaca de pédigree, pesebres de níquel, algodón hidrófilo, gasas, ácido bórico pulverizado para simular la nieve, y unos angelitos que parecieran arrancados de la portada de un libro sobre Eugenia, extendiendo sobre el candoroso grupo de la Sagrada Familia esta leyenda: Salus populi suprema lex...