—Cuando yo llegué a Buenos Aires—comenzó a decir—y andaba...
—¡Por Dios, papá!—interrumpió rápidamente Juana María, temerosa del inevitable desarrollo de aquellas evocaciones paternales—. ¡No es necesario remontarse al huevo de Leda!
—¡Qué huevo, ni qué huevo! ¿Quién está hablando ahora de huevos?—replicó severamente el padre—. Le decía al señor—continuó indicando al príncipe—que cuando yo llegué a Buenos Aires, allá por el año 78...
La señora de Alava sintió que las piernas le flaqueaban y que el paisaje daba vueltas en torno suyo vertiginosamente. Una angustia indecible le atenazaba el pecho, y el sonido de las palabras del padre le llegaba interrumpido por el latido de la sangre que le golpeaba en los tímpanos con el galope rítmico de un metrónomo alocado. Toda la mañana había estado temiendo aquella catástrofe y ahora se producía allí, en las peores condiciones, a un paso del galpón donde se guardaba la máquina infernal.
Cuando consiguió serenarse, ya D. Juan Martín había dejado de hablar. No fuera todo sino una falsa alarma. El anciano había observado simplemente que el perfeccionamiento del ganado criollo era un hecho indiscutible para él comparando sus recuerdos con lo que ahora en las mismas calles de Buenos Aires podía advertirse.
La señora de Alava respiró profundamente e indicó la necesidad de regresar a la casa para el almuerzo. Todos se pusieron en marcha. Alejado el peligro, Juana María sonreía con la sonrisa tímida de los convalecientes, pálida aún por la impresión sufrida.
En la mesa, sentada a la derecha del infante, frente a monseñor De Filippis, que no hacía sino elogiar la mansedumbre de la existencia campesina en aquella casa donde no faltaba ninguno de los refinamientos de la ciudad, y junto al embajador, que aspiraba en cada momento a dar a Su Alteza una impresión exacta del carácter porteño, la hija de Juan Martín tuvo conciencia de que por primera vez en la vida se realizaba plenamente su destino. El padre, el único detalle que podía entenebrecer aquella visión triunfal, desaparecía en un extremo de la mesa, entre un periodista español, elocuente y voluminoso, que acompañaba al infante en la gira por América, y el oficial argentino, edecán del príncipe, al que continuamente se le escapaban los cubiertos con un estrépito atroz.
A mediados de la comida, el embajador, que se había servido pródigamente del borgoña blanco—un Montracher 1900—, aprovechando una coyuntura favorable comenzó a hablar:
—Hay en esta extremosa preocupación por la ganadería, así como en la ligera jactancia que casi todos vosotros tenéis de ser entendidos en las faenas rurales, un explicable orgullo de los orígenes de vuestra riqueza, tanto la colectiva como la individual. Sois un pueblo agrícola y ganadero...
Ya lanzado en el tema, por un hábito profesional, reprodujo exactamente lo que una hora antes le había dicho a Amenábar. Repitió todo, hasta la alusión a las primeras vacas que fueron el punto de partida del enriquecimiento de D. Juan Martín.