Y la rectificación fatal se impuso. Desde el extremo de la mesa el potentado recordó su vida de trabajo, las humillaciones sufridas, las fatigas y los desalientos sobrepujados, caminando constantemente por las calles de la inmensa ciudad.
Juana María soportó con noble entereza el temido contratiempo. Había advertido que, a partir del segundo plato, el infante, rojo y abotagado, cayera en una especie de sopor que le mantenía insensible a todo lo que no era comer y beber.
Lo que más le alarmó fué verle a Amenábar anotar algo, sonriéndose, en la tarjeta del menú.
Adivinó una malevolencia y tuvo un ligero estremecimiento.
En la lista del menú, impreso en una cartulina transparente, que ostentaba en relieve el escudo de armas del príncipe, el clubman, con su letra clara e impersonal, acababa de interpolar:
Œufs de Leda a la gaffe.
Esa visita del infante a la estancia de Alava marcó para Juana María uno de los grandes momentos de su existencia. Aunque siempre guardó el penoso recuerdo del mal rato pasado durante el almuerzo, adquirió la convicción de que no se había equivocado en la conducta que venía observando desde que por la muerte de la madre quedara como compañera única de D. Juan Martín. No, no habían sido inútiles todas las sucesivas concesiones que fuera arrancando al tosco trabajador: la casa propia, el cambio de hábitos de vida, muebles lujosos, servidumbre abundante, cultivo de relaciones sociales y, por último, la estancia para Alava, costoso capricho de millonario.
Cada una de estas conquistas había demandado un largo asedio, constante ejercicio de paciencia y bruscos asaltos de rebeldía filial. Y los triunfos, lejos de allanarle el camino para otras victorias, se lo hacían más difícil, enardeciendo el espíritu del vencido. ¡Lo que le había costado decidirle a abandonar aquella necrópolis de la calle Venezuela, antiguo caserón del tiempo de los virreyes, con puertas macizas, ventanas de hierros forjados, patios con enredaderas, en que anidaban las arañas, y un aljibe! ¡Y convencerle de que edificase un hotelito en el Retiro, cerca del palacio de los Paz, que representaba entonces para Juana María el tipo de la vivienda señorial! Al recuerdo de tales luchas, la señora de Alava tenía una sonrisa fatigada. No, no habían sido inútiles tantos esfuerzos. La visión del trozo de mesa con el infante, el embajador y el obispo le iluminó interiormente. Pero al mismo tiempo pensó que su victoria no sería nunca absoluta ni definitiva. Había en su vida algo irreductible, que le amargaba los momentos más brillantes, que la mantenía en perpetua zozobra. ¿Qué podía ella en contra de su padre? Volvió a sentir la vergüenza de aquel almuerzo y recordó con qué furor contenido ordenó secretamente, antes de salir para Buenos Aires, la destrucción de la odiosa máquina de afilar.
Sólo al recibir, algunos días después, la noticia de que aquel inanimado compañero de andanzas de su padre había sido despedazado y aventados sus restos tuvo conciencia de cuánto y qué antiguo era su aborrecimiento.