Una tarde, pocas semanas después de la visita del príncipe, el auto de la señora de Alava se detuvo silenciosamente ante la entrada de las oficinas de la Empresa. Descendió de él doña Juana María, y con una agilidad aun juvenil, subió presurosamente la escalera que conducía al despacho de su padre, donde irrumpió, alegre y dominadora, envolviendo al anciano en un tumulto de palabras cariñosas y un hálito de violetas. Sorprendido, don Juan Martín no pudo menos que sonreír, a pesar de su adustez acostumbrada.
De algunos años a aquella parte esas visitas de la hija, que le llenaban de cierto orgullo paternal, se iban haciendo cada vez más raras. Antes, en los primeros tiempos de la Empresa, cuando el trabajo era rudo y las preocupaciones pesaban continuamente sobre su espíritu, D. Juan Martín tenía, por lo menos, la compensación de esa visita vespertina, seguida de un paseo a pie, durante el cual la joven parloteaba incansable, descubriendo bajo la mirada socarrona del padre todas sus ambiciones, todos sus celos femeninos. Y fué en esos paseos en los que Juana María había ido desbastando poco a poco la inteligencia del comerciante, reformando sus hábitos, ampliando el horizonte de su vida y acostumbrándole a no medir con el mismo patrón de estricta economía los gastos usuales y los expendios de carácter suntuario. Era aquel tiempo feliz en que su hija no tenía obligación alguna; después vinieron lo que llamaba ella sus «obligaciones», y las visitas al padre, al final de la tarea diaria, espaciáronse largamente.
La última vez que había estado en la oficina era precisamente un año antes, cuando don Juan Martín había tenido que acudir en auxilio de Alava, amenazado de ruina por su mala suerte en la cabaña y en el club. Y aun en tal ocasión Juana María, evidentemente preocupada por los contrastes financieros de su esposo, limitara todo su filial agasajo a una rápida vuelta por Palermo en compañía del anciano.
Le abrochó amorosamente el abrigo antes de salir. Luego bajó la escalera a su lado, sin prestarle apoyo, segura y como orgullosa de su fuerte ancianidad. Iba luciendo junto al padre su porte de reina, despertando ambos en los empleados que los veían descender la visión de la dicha completa: fortuna, belleza y amor familiar...
El auto arrancó suavemente. Ni el chauffeur ni D. Juan Martín preguntaron adónde iban. El primero, fuera de duda, tenía instrucciones precisas, y el segundo se entregaba a su suerte, arrellanándose en los cojines gris perla de la limousine con un abandono feliz. A modo de explicación del secuestro, Juana María dióse a elogiar el esplendor de aquella tarde de fines de otoño. Un sol invisible había espolvoreado de oro todo el cielo de occidente; proyectaba una luz clara sobre la cúspide de los edificios y teñía de rojo y amarillo las últimas hojas de los árboles, que así parecían irse consumiendo lentamente en un misterioso incendio.
A ambos lados del coche, como en una doble cinta cinematográfica, comenzó un sereno desfile de suntuosas viviendas. Era un espectáculo bien conocido de la hija de Juan Martín—hacía veinte años que en las épocas propicias y por las rutas fijadas por los demás cumplía como una de sus «obligaciones» aquel paseo a Palermo—; pero ahora lo contemplaba como si lo viese por vez primera, y las observaciones largamente maduradas caían de sus labios con toda la espontaneidad de un descubrimiento. La edificación no le gustaba: palacios horribles que parecían destinados a una institución de beneficencia o a un ministerio de Estado; palacetes en que se imitaban todos los estilos del Renacimiento francés e italiano; pesadas fantasías teutónicas; hotelitos adocenados, cuya descripción podría ella hacer en el obligado lenguaje de los avisos de remate, sin entrar siquiera en uno. ¿Cuándo la gente de buen gusto haría casas que nos recordasen que vivimos en Buenos Aires y pertenecemos a una raza que tiene tradición y espíritu propios?...
Don Juan Martín, como siempre, la escuchaba en silencio, aunque con una vislumbre irónica en los ojos, porque recordaba cuánto había deseado ella poseer un petit hôtel como los que ahora desacreditaba.
Estaban llegando al paseo de moda y el auto iba disminuyendo insensiblemente su marcha. El chauffeur, retornándose, con una mirada de inteligencia, detuvo el coche.
Descendieron, sumergiéndose en la corriente tranquila de los paseantes. Muchas caras conocidas, saludos a distancia y algunas sonrisas en las que Juana María creyó descubrir el asombro que causaba su insólita exhibición de amor filial. Algo inquieta, fuése alejando con el padre hasta un extremo del promenoir, como si buscase un sosiego propicio para sus expansiones. Don Juan Martín habló entonces por primera vez:
—¿Cómo anda tu marido?