—Bien—repuso con complacencia la hija, satisfecha de no tener nada que pedir por ese lado.

(¡Bastante trabajo le había dado la última vez!)

Y se quedaron en silencio contemplando el melancólico atardecer.

Un auto de carrera, amarillo, monstruoso, con los tubos de escape laterales como un animal que llevase las tripas fuera, pasó con lentitud atronando la alameda. Juana María reconoció, en un lampo de orgullo maternal, al mayor de sus hijos, Adolfito, que iba guiando la poderosa máquina. Se parecía al príncipe de Gales, pero era más dispendioso.

Guardóse muy bien de señalar su presencia al abuelo; D. Juan Martín profesábale al muchacho una hosca antipatía.

No rompieron su mutismo hasta que, ya de noche, despejado el paseo de gente, Juana María dijo levantándose, como si tuviera de pronto la noción de la hora:

—¡Vamos, papá!

Con paso rápido llegaron al auto, y tal como vinieran se inició el regreso: D. Juan Martín hundido regaladamente en los cojines y la hija hablando de lo mismo; la arquitectura de la Avenida Alvear la tenía preocupada.

Al anciano no le extrañaba esa insistencia en un tema dado. Reconocía obscuramente en la hija su propensión a no pensar sino en una sola cosa a la vez, a tender toda su voluntad y toda su inteligencia hacia un objetivo único, hasta lograrlo, hasta superarlo, hasta descubrir más allá de él nuevos incentivos, pretextos nuevos para un gran empeño.

Cerca de la casa, Juana María descubrió sus baterías. El «hotel» de la calle Maipú, con todo su lujo pesado, su frío confort, su arreglo impersonal, había comenzado a resultar inhabitable. Ella deseaba una casa apropiada al clima de Buenos Aires, algo que recordase nuestras costumbres y que evocara a la vez el pasado del país y el linaje de la raza. Una casa fresca, risueña, blanca, con grandes patios de azulejos llenos de flores y enredaderas, un frente sencillo con ventanas de hierro forjado y un ancho portalón de macizas batientes claveteadas.