Y mientras exponía eso al padre, con un entusiasmo que coloreaba de sangre sus mejillas, pensaba interiormente en los costosos detalles con que completaría ese plan sencillo: los vargueños auténticos, los viejos arcones, los cuadros de Ribera; el oratorio, que sería un pequeño museo de arte religioso y donde a veces se haría decir misa por el obispo de Heráclea...
Pero ¿querría el padre? No formuló la pregunta; mas envolviéndole en la suave mirada de sus ojos azules, aguardó respetuosamente la opinión del anciano.
—No me parece cosa difícil—comenzó a decir éste, sintiéndose interrogado.
Juana María no le dejó proseguir.
—¡Qué bueno eres, papá!—exclamó con efusión.
E inmediatamente le colmó de halagos: comerían juntos los dos solos, como en los buenos tiempos de su juventud; pasarían la velada juntos, y ella escucharía, como en otras épocas, sus proyectos comerciales.
Llegados a la casa, Juana María descendió del auto con aire triunfante, orgullosa y feliz. Midió con una mirada desdeñosa al palacete que habitaba desde hacía quince años como si ya fuese algo ajeno, y entró precediendo al padre.
La comida no pudo ser más íntima; Alava estaba en la estancia y Adolfito casi nunca hacía acto de presencia en la mesa familiar. Frente a frente, padre e hija recobraron un poco de la confianza mutua que se habían tenido.
Hacia los postres, D. Juan Martín encendió uno de los cigarrillos ordinarios, de que no había podido deshabituarse. La señora de Alava consideró oportuno el momento para reanudar la conversación de la tarde.
¡Deseaba tanto abandonar aquella vivienda fría, pesada y antipática! Insistió entonces con mayor abundancia en su sueño de la casa colonial, con grandes patios llenos de tiestos y enredaderas, ventanas de hierro forjado y el ancho portalón de gruesos clavos. ¡Cuándo alcanzaría a ver eso!