—Habrá que esperar a que termine el contrato—murmuró D. Juan Martín, continuando un monólogo interior.
—¿Qué contrato?—interrogó la señora, temiendo que el anciano no le hubiera prestado atención.
—El de la casa de la calle Venezuela. Mientras no termine, a menos que consientan en rescindirlo, no podremos volver a vivir en ella.
—¿Y quién piensa ir a vivir a la casa de Venezuela?—exclamó Juana María, estupefacta.
—¿Cómo?—dijo a su vez, asombrado, don Juan Martín.
¿No había ella aludido constantemente en la conversación a la vieja casa de la calle Venezuela, con sus grandes patios llenos de enredaderas, sus ventanas del tiempo de los virreyes y su ancho portalón macizo?
Con la angustia de quien, creyéndose victorioso, vese de pronto envuelto en la derrota, Juana María protestó contra semejante suposición. Ella nunca había pensado en volver a la casa de Venezuela, una casa vieja, llena de ratones y de arañas, en un barrio imposible, donde no vivía nadie. Y con sollozos en la voz, ante la mirada atónita del viejo, expuso de nuevo su sueño de una casa colonial.
Don Juan Martín había comprendido al fin. Su hija quería que le transportase la casa de la calle Venezuela al barrio Norte. Eso de levantar sobre un solar nuevo una casa vieja le pareció un absurdo, y poniéndose de pie, como para terminar una entrevista comercial, dijo sencillamente:
—¡Imposible!
Juana María, que conocía a su padre, se dió cuenta que esa palabra era definitiva...