Una vez sola en su aposento, la señora de Alava se abandonó a su desesperación. ¡Adiós la ilusión de la casa a la moda, de los magníficos muebles antiguos, de los cuadros famosos, del oratorio cuajado de tesoros artísticos! Ese ideal que durante dos horas de la noche había pregustado como una realidad inminente desvanecíase de pronto, quizá para siempre, en un quid pro quo burlesco. La señora de Alava tuvo vergüenza de su contraste y recordó con sonrojo el largo paseo por Palermo y los agasajos inútiles con que abrumara al anciano al primer signo de consentimiento. ¡Qué tarde y qué noche perdidas! Volvióle a la imaginación la sonrisa con que algunas amigas la contemplaron en el paseo caminando al lado de su padre y tuvo un movimiento de despecho. No; no era, en verdad, presentable D. Juan Martín... Comenzó a recordar las grandes humillaciones que por su causa sufriera, la inquietud en que vivía, el vasallaje económico en que tenía a todos: a ella, a su hijo, a su marido... Y en ese recuento de ingratos episodios domésticos fué acumulándose toda su amargura, hasta que estalló en el deseo inconfesable: ¡Cuándo la dejaría libre! Iba ya a cumplir cuarenta años; le quedaban, pues, pocos de juventud, de belleza, de ansia de gozar la vida, y veía su destino irremediablemente trunco. ¿A qué la fortuna y la libertad cuando ya no pudiese sino vivir sobre sus recuerdos? Esta perspectiva sarcástica le llenó de una congoja infinita, y sinceramente, con la más pura emoción de su alma, juntando sus bellas manos largas en el gesto de la plegaria más fervorosa, exclamó:
—¡Dios mío! ¡Cuándo me veré libre de mi padre!...
CAPITULO VI
LA MUERTE DEL HÉROE
Por fin había muerto. Su mucamo, un viejo criado, el único que tenía derecho a violar el sanctasantórum de su dormitorio, extrañado de que siguiera durmiendo después de las ocho, entró en la habitación y le halló arrebujado en las ropas del lecho, todo encogido, en una actitud de momia, blanco y rígido ya.
Debía de haber muerto pocas horas antes, mientras dormía; pero por la expresión de su fisonomía hubiérase dicho que era un cadáver muy antiguo que perdiera desde muchos años atrás todo contacto con el mundo. La muerte había acentuado en su mascarilla aquel aire de reserva que tuviera durante toda su vida; la agonía le había hecho apretar aún más sus labios, subrayando el visaje habitual con que recataba sus sentimientos íntimos. Don Juan Martín parecía ocultar un secreto. Y en verdad que se llevaba el secreto de sus fatigas, del heroico esfuerzo de voluntad desplegado durante medio siglo, de los sufrimientos soportados, de las decepciones aguantadas noblemente en silencio... ¡Todo perdido, hundido en la nada, anegado en el misterio, como están perdidos para nosotros los infinitos sufrimientos de las razas primitivas que en centenares de miles de años fueron elevándose lentamente sobre el nivel de la animalidad!
El mucamo se cercioró de la muerte. Iba a llamar, a conmover a la casa, cuando se acordó de la señora y salió, cerrando tras sí suavemente la puerta del aposento como para no despertar al dormido. Bajó al piso inmediato, y después de conferenciar con dos doncellas, le hicieron pasar al tocador. De espaldas, hablándole al espejo, Juana María le preguntó:
—¿Qué pasa, Julián?
Julián dió la noticia:
—Señora, creo que el señor Martín está mal.
—¿Se ha levantado?