—No, señora; todavía no. Me parece que es algo grave. Si la señora quisiera subir...

—¡Inmediatamente!—contestó Juana María poniéndose de pie.

Las doncellas se precipitaron hacia ella y con una destreza de esclavas de harén le arreglaron rápidamente el cabello y le ajustaron su ropaje matinal. Subió presurosa la escalera seguida del mucamo.

Al ver al padre todo blanco y encogido tuvo de inmediato la evidencia de la verdad. Fué como si le dieran un fuerte golpe en la frente; echó la cabeza hacia atrás y permaneció un momento atontada. Pero pronto se sobrepuso al brutal choque. Comenzó a reflexionar: las ideas, las imágenes, los proyectos desfilaron velozmente por su espíritu. Sentía una especie de vértigo al pensar tan rápidamente. Se apoyó en el respaldo de una silla y procuró fijar sus ideas. ¿Qué debía hacer? Como siempre, cuando podía ser necesario, Alava estaba en la estancia. En el chico no se podía confiar. Ante todo había que evitar el escándalo. Debía prolongarse la agonía del padre...

Se volvió hacia el mucamo. Pálida, con un temblor en la voz, le dijo:

—Es un síncope.

El sonido de sus propias palabras la reanimó. Recobrando algo de su capacidad ejecutiva, dijo luego:

—Julián, vaya usted en seguida a buscar al doctor...—vaciló entre dos nombres, decidiéndose por el médico más anciano—; pero vaya usted mismo, sin decir nada a nadie, para no alarmar... Yo esperaré aquí...

Al quedarse sola, Juana María dió un vistazo a la habitación: muebles modestos, viejos, desparejos; la alfombra sucia; ropas en desorden. Todo con un aspecto sórdido que sobrecogía el corazón. En una pared, el retrato de la madre: una horrible ampliación al carbón con un grueso marco dorado.

Esto, más que el cadáver infantilmente encogido en el lecho, la impresionó hasta el punto de hacerle subir las lágrimas a los ojos. Fué una impresión que, comenzada en el estómago, ascendió atenazándole la garganta y obligándole a romper en un sollozo: «¡Dios mío! ¡Qué miseria!»