La doncella de confianza, que, inquieta por su ausencia, subió a ofrecerle auxilio, la halló en medio de la estancia, anonadada, llorando silenciosamente las últimas lágrimas de vergüenza que le hacía derramar el padre...
Cuando Julián volvió con el médico, casi no pudo reconocer la habitación. Faltaban muchos muebles, se había mudado la alfombra y el retrato de la madre había desaparecido.
CAPITULO VII
TRANSFIGURACIÓN
El viejo médico mundano, después de un rápido reconocimiento del cadáver, no pudo evitar una sonrisa ante la ingenuidad de la señora, que seguía hablando de un síncope. «Es la eterna ilusión de la piedad filial», pensó para sí, y dando a su rostro aquella expresión bondadosa que había sido la causa de su éxito en la carrera, comunicó a la hija su triste comprobación.
Ante esta notificación oficial, Juana María cayó de rodillas sobre la alfombra limpia y hundió su rostro en el lecho mortuorio, contra la colcha recién mudada. Así, tapándose los oídos para no escuchar las triviales frases de consuelo del médico y las súplicas amistosas de la doncella, que llorando copiosamente le rogaba se tranquilizase, la hija de Juan Martín permaneció largo rato zarandeada por un tumulto de pensamientos. ¿Qué pasaría durante el día? Como siempre, cuando se trataba de presentar o aludir a su padre ante otras gentes, se sentía cobarde. Esta vez no podría evitarlo, y ante la perspectiva de las miradas irónicas y de los pésames insidiosos que tendría que soportar, un estremecimiento de rebeldía recorrió todo su cuerpo. Se resistía al cumplimiento de ese último deber filial con la misma reacción física que los condenados tienen frente a la guillotina. Sentíase muy desgraciada y hundía desesperadamente la cabeza en la colcha como si quisiera escapar a su amarga obligación fúnebre.
Doña Juana María no era mujer de dejarse abatir. Se puso de pie, dominando su emoción; enjugóse las dos lágrimas ardientes que le corrían por las mejillas y dió varias órdenes. Parecía una princesa regente al pie del lecho de muerte del jefe de la dinastía, porque su primer medida consistió en establecer la censura sobre todas las noticias que se refirieran al fallecimiento.
Alava fué informado por medio de un telegrama de seis palabras, y el médico, retenido en la casa hasta mediodía. Después de esa hora las comunicaciones fueron haciéndose lentamente, de acuerdo con un orden protocolar.
El último en advertir la novedad fué el mayor de los nietos de D. Juan Martín, que vivía en la misma casa. Se había levantado a las cuatro de la tarde, y envuelto en una pintoresca salida de baño estaba haciendo flexiones, a tiempo que batía un cock-tail cargado de yemas, cuando vió en El Diario, que pusiera extendido sobre su cama, el retrato del abuelo. «¡Zas! ¡El viejo!», dijo lleno de estupor, y sin dejar de batir maquinalmente su cock-tail se enteró de la noticia necrológica.
Era un suelto laudatorio, altamente laudatorio. Don Juan Martín aparecía en él como un pioneer, como uno de esos hombres que son el orgullo y la fuerza de las sociedades modernas.
Este país, sobre todo, al que había consagrado sus energías por espacio de más de medio siglo, y donde había formado una familia modelo de virtudes, le debía estar reconocido. Su muerte era, pues, un duelo a la vez social y público.