Los demás periódicos de la tarde abundaban en sentimientos semejantes. Hacían el elogio de las prendas morales del difunto e historiaban la maravillosa formación de su fortuna, iniciada humildemente y acabada en un esplendor de millones. Se ensalzó su actividad, se admiró su energía, se recordó sus golpes de genio financiero. Comenzaron a circular anécdotas sobre el hombre de negocios, y la máquina de afilar, la célebre máquina de afilar de sus tiempos de iniciación, reapareció como un fantasma glorioso.

En pocas horas la figura de D. Juan Martín había cobrado contornos épicos. A través de los amigos de la casa, por medio de las visitas oficiales de pésame, un reflejo de esa reverberación póstuma había llegado hasta Juana María, quien, sin mucha confianza en tales demostraciones de respeto, las aceptaba, empero, gratamente sorprendida de que el acíbar de aquel día fúnebre no fuese tan amargo.

Poco a poco, con todo, durante la larga noche de velorio, la hija de D. Juan Martín fué adquiriendo la convicción de que sus aprensiones de la mañana anterior habían sido injustificadas. Nunca su papel fuera más fácil ni jamás soportara mejor el peso del apellido de su padre. Y con la conciencia tranquila se entregó a un sueño sereno.

Durmió por espacio de tres horas. Después, el vértigo de sus obligaciones de principal figura del duelo la arrebató, anestesiándola: la rápida prueba de los trajes de luto, la última visita al féretro. La multitud, frases sin eco escuchadas al pasar, hachones encendidos, enormes cortinados negros, dolor de cabeza, cantos en latín y un pesado olor a incienso...

¿Cuánto había durado todo eso?...

Vinieron después los largos días melancólicos, de clausura; la obligada actitud de recogimiento, las visitas de los íntimos, las conversaciones reducidas a girar inevitablemente en torno de la figura del muerto. Esto último, que algunas semanas antes le habría parecido un horrendo suplicio, íbale resultando una tarea fácil y hasta entretenida. ¿Efecto del aburrimiento de aquel interminable secuestro? La señora de Alava no sabía a qué atribuirlo. ¿Era ella o los demás la causa del cambio? En verdad, con respecto a ese punto capital de su vida todos habían cambiado. Las gentes de toda suerte testimoniaban a la memoria de D. Juan Martín un respeto y una admiración que nunca se hubiera podido sospechar durante su vida. Ella misma, por su parte, comenzaba a experimentar, al recuerdo del padre, una vaga emoción de ternura. Ya en más de un momento de soledad se había sorprendido pensando en el anciano.

Cierto día recibió un envoltorio voluminoso. Era un gran libro de recortes, encuadernado en fino cuero negro. Se lo enviaba un amigo modesto, protegido suyo, que con amorosa paciencia había recogido todo cuanto se publicara a propósito del fallecimiento de D. Juan Martín.

Distraídamente, doña Juana María se puso a hojearlo. Creyó que no le interesaría; pero al rato hundióse en la lectura de los avisos fúnebres, de las necrologías, de los artículos biográficos, de las crónicas del sepelio, de las notas de condolencia de Sociedades anónimas y centros recreativos regionales, del relato de los modestos homenajes de empleados y amigos.

El escueto telegrama con que el infante de Aragón se asociara al duelo, desde España, aparecía en el centro de una página, rodeado de una complicada orla dorada con atributos heráldicos y las armas del príncipe.

A medida que pasaba las páginas iba adquiriendo como una revelación de la grandeza del muerto. Fué un descubrimiento que le esclareció súbitamente la evolución operada en su ánimo en las últimas semanas. Había tenido razón; su instinto no la había engañado...