Y bruscamente, al comprender que era un sentimiento lícito, se abandonó a su dolor con una desesperación tanto mayor cuanto más tiempo había sido contenida.
Toda su salvaje ternura filial, retenida y ahogada durante más de veinte años, estalló de pronto en un lamento: «¡Papá! ¡Papá!» Sin reserva alguna, mesándose los cabellos y retorciéndose las muñecas, gritaba: «¡Papá! ¡Papá!»... Era un clamor ronco, angustiado, desesperante.
Una hora después, casi aniquilada, postrada en el suelo, con la cabeza apoyada en el libro de recortes, la cabellera en desorden, imploraba aún con un gemido infantil, entrecortado por hondos suspiros: «¡Papá! ¡Papá!...»
CAPITULO VIII
LUTO LIVIANO
Tres meses después de la muerte de don Juan Martín la señora de Alava escribía esto a una amiga, de paseo por Europa:
«Lentamente vamos reponiéndonos del doloroso golpe que nos dió el Destino. Aunque el vacío dejado por la desaparición de papá es demasiado grande para que pueda olvidarse, nuestro dolor se ha ido dulcificando. Ya no es el sentimiento desgarrador de los primeros días, sino un culto piadoso de su memoria. Le recordamos con ternura a cada momento y nos consolamos pensando que tarde o temprano nos reuniremos a él. Como me decía monseñor de Filippis—que no nos ha abandonado en estos tristes días—, ese consuelo es la gran fuerza de los cristianos. ¡Dios mío! ¿Cómo harán para no morirse de desesperación los incrédulos que pierden un ser querido? ¡Qué enorme desgracia es no tener fe! Sin embargo, aun con la ayuda de la religión, estos meses, a mí sobre todo, que apenas salgo de casa, me parecen interminables. Para ocuparme un poco he hecho sacar del colegio a los dos chicos. ¡Imagínate que en el trastorno del fallecimiento, a causa de lo enervada que me dejó la larga agonía del pobre papá, nos olvidamos de ellos! No pudieron despedirse del abuelo, al cual adoraban, a pesar de que en los últimos años rara vez lo veían. ¡Papá estaba siempre tan ocupado! Si hubiera sido otro habría podido descansar, consagrarnos algún tiempo, hacer vida de familia; pero ¡cualquiera le iba a convencer a él de abandonar sus negocios en otras manos!
»Ahora, con su ausencia, ya es otra cosa. Fernando, mi marido, está por transformar la Empresa en una gran Compañía anónima. Ha recibido en este sentido proposiciones muy ventajosas del barón de Erlanger. El Directorio central se establecería en Londres, y Adolfo se reservaría el cargo de secretario. El muchacho está encantado porque al fin entrevé la posibilidad de realizar su ideal de vivir en Inglaterra. A mí la solución me parece cómoda y ventajosa. Fernando podrá ocuparse con toda libertad de su cabaña y del haras que acaba de instalar. Esto del haras es un viejo proyecto suyo que no quiso llevar a cabo hasta ahora, para no contrariar a papá. El pobre papá no podía tolerar que se le hablase de caballos. Decía siempre que él no había necesitado nunca de caballo alguno para llegar adonde había llegado. También se oponía a que dejáramos esta casa. Se había encariñado con ella como se encariñaba con todas las cosas. Su apego a lo que le rodeaba era tan grande que no dejaba entrar a nadie en sus habitaciones. Por respeto a su memoria hemos conservado su dormitorio tal cual estaba el día de la muerte.
»¡Ah! Olvidaba decirte que estamos por construir una casa en el terreno de la calle Juncal. Desde que falta papá, este caserón, enorme y frío, me parece insoportable. Creo que no recobraré mi tranquilidad hasta que no me vea fuera de él. Tú no te puedes imaginar cuánto lo deseo. Desgraciadamente, las cosas marchan despacio. Hay que hacer venir materiales de España, porque—se lo he dicho bien claro al arquitecto—no quiero una casa de similor. Y eso es largo... Y mientras tanto me consumo en esta inacción forzada a que me obliga el luto...»
CAPITULO IX
EN EL CUAL LA SEÑORA DE ALAVA RECONOCE QUE EL UNIVERSO ESTÁ PERFECTAMENTE BIEN ORGANIZADO