Un cielo límpido, de un azul de esmalte, sin una nube en toda su extensión. Sólo allá adelante, muy lejos, sobre la masa verdinegra de un grupo de árboles, se desvanecía un copo blanco. ¿Una nube? Bien rara, por cierto, si lo era... Desde la ventanilla del tren, Amenábar la veía aparecer bruscamente como un punto blanco, inflarse con torpeza e irse confundiendo poco a poco en el azul purísimo del firmamento, para luego resurgir como un punto blanco, cincuenta metros más arriba o más abajo, hincharse y diluirse de nuevo. Muy atento al extraño fenómeno meteorológico, el clubman había olvidado el objeto de su viaje cuando oyó decir:
«Pronto llegaremos.»
Recordó entonces cómo el encuentro con Adolfito Alava Martín, llegado tres días antes de Londres, le obligara a hacer con él ese viaje, en tren especial, cuando tenía resuelto eludir la ceremonia enviando un telegrama. Pero ahora, ante el encanto de una mañana como aquélla, todo su fastidio se desvaneciera.
¿Qué importaban los discursos, el descubrimiento del busto de D. Juan Martín, la bendición de las salas, los invitados y los miembros de la familia, si con mirar al cielo se sentía penetrado de una paz infinita? Abandonado a un sentimiento bucólico, seguía mirando la caprichosa nube. A medida que se acercaban a ella se concentraba y se disolvía con mayor rapidez. Substrayéndose por un momento a su contemplación, Amenábar pensó con vergüenza en su ignorancia sobre los fenómenos de la Naturaleza. «He ahí un hecho—se dijo—que debe ser sabido de toda la gente de campo, acostumbrada a levantarse temprano, y que a mí, que conozco todas las grandes capitales del mundo, me produce un asombro de salvaje.»
La nube continuaba rehaciéndose y fundiéndose en el azul, sobre el grupo de árboles, con una perseverancia encomiable. A Amenábar le pareció advertir hacia aquel lado unos golpes sordos.
El tren disminuyó su marcha... Entonces Amenábar pudo reconocer sin dificultad el estampido de la bomba, que cada medio minuto se deshacía en un copo de humo blanco, sobre los árboles, anunciando la fiesta.
Por el camino de tierra, que un poco más adelante surgió de improviso al lado de la vía, iban algunos autos, grandes coches de campaña, fords de chacareros, paisanos a caballo y un destacamento de la gendarmería provincial. Avanzando con lentitud, venía detrás un coche de ciudad cerrado, tras cuyos cristales veíase un hábito violeta y dos sotanas negras.
«Es el obispo», dijo alguno de los que se habían agolpado en las ventanillas del vagón. Y con el regocijo de quien ve disiparse una perspectiva desagradable, los que acompañaban a Adolfito Alava Martín comenzaron a reconocer a los que iban por la ruta.
Casi todos los veraneantes del balneario vecino se habían trasladado a la inauguración de la colonia de vacaciones.
El tren especial en que el nieto de D. Juan Martín reuniera a todos los amigos que se hallaban en Buenos Aires entró, multiplicando las señales de alarma, en la pequeña estación. Amenábar, deseando desentumecer las piernas, bajó el primero. Apenas puso el pie en el andén, un operador cinematográfico, enfrentándosele, comenzó a dar vueltas a la manivela de su aparato.