A espaldas suyas estallaron de pronto los clarines de una banda lisa. Era la banda de bomberos de La Plata que, de uniforme de gala, acababa de descender de otro convoy, detenido en un desvío.
Pocos pasos adelante reconoció al gobernador de la provincia, de traje claro y sombrero blando, acompañado por un ministro joven que parecía muy preocupado del efecto del rocío sobre sus botines de charol. Por la ruta que llevaba de la estación al grupo de pabellones blancos con techado rojo, donde se aglomeraba la gente, veía desarrollarse la cinta amarilla de una sección de boys scouts. Las bombas, ahora más frecuentes, atronaban el espacio; las bocinas de los automóviles formaban un tumulto confuso y el clamoreo de los clarines parecía querer competir con el sol deslumbrante.
Amenábar perdió la última ilusión que le quedaba de la paz campesina. Aturdido, después de una noche de viaje en tren, se perdió entre la muchedumbre, que a eso llegaba la asistencia a la ceremonia.
«¿Cómo habrá hecho Juana María para reunir esta gente aquí?», pensó, no sin asombro. Luego, con la buena fe de un espectador desinteresado, presenció el descubrimiento del busto de D. Juan Martín en el pequeño hall del pabellón principal. La colonia de vacaciones había sido puesta bajo la advocación de su nombre, como en homenaje a su memoria y como un ejemplo a los que allí se asilaran de lo que pueden el trabajo y la constancia. Descubiertos respetuosamente, los espectadores contemplaban la efigie de mármol sobre cuya fuerte nariz cabalgaban unos lentes de oro... ¡Aquellos lentes que durante su vida le servían para no dejarse apiadar por la miseria, para no ser débil, ni compasivo, ni generoso, para no ver sino lo que resueltamente le convenía!
El obispo de Heráclea pronunció el panegírico. Fué una hermosa peroración, que consistió únicamente en el desarrollo de este pensamiento, que monseñor de Filippis atribuyó a Veuillot: «¿Qué es una hermosa vida? Un pensamiento de la juventud realizado en la edad madura...»
El seguro conocimiento que evidenciaba siempre de una literatura tan profana como la francesa era una de las causas de su prestigio mundano. Aquella cita lo robusteció por mucho tiempo.
Mientras monseñor hablaba, Juana María, llorando de emoción al recuerdo del padre, pensaba que esa fórmula era también aplicable a ella: había conseguido todo cuanto se propusiera en la juventud. Lo último, lo que más le costara, lo acababa de obtener: poseía la mejor casa de Buenos Aires, y de ahora en adelante tendría un antepasado ilustre.
Los demás discursos, el del gobernador de la provincia, aceptando la donación, y el del director del nuevo establecimiento no le dejaron ninguna duda sobre el punto. El nombre de D. Juan Martín había entrado en la gloria...
A mediodía la mayor parte de la concurrencia se dirigió a la estancia de Alava, que quedaba allí cerca. Mucha gente, mujeres sobre todo, deseaban contemplar a Heraldic, el famoso padrillo que el gran criador había adquirido en Inglaterra, para su haras, en una suma fabulosa. Otros, hombres serios en su mayor parte, preferían ver los mejores ejemplares de la cabaña. Por último, un grupo pequeño de visitantes de mediana condición social, que tenían el culto de los self-mademan, se dió a buscar la célebre máquina de afilar a que se hacía referencia siempre que se aludía a los orígenes de la fortuna de D. Juan Martín.
Esta vez la señora de Alava se puso a la cabeza de los curiosos. Los llevó hasta un pequeño galpón, donde, cubierta por una lona, se hallaba la máquina, con su rueda única, su pedal, la piedra gastada y el tarrito del agua.