«¡Cómo la cuidan!», dijo con admiración uno de los del grupo. El aparato, en verdad, no representaba tener el medio siglo que le atribuía la leyenda. Monseñor de Filippis, que no se apartaba de la señora de Alava, descubrió entonces que la máquina tenía la patente del año anterior. E inmediatamente, con su fino sentido de la adulación, celebró la piedad filial de la señora, que, como una suerte de tributo a los manes paternales, renovaba todos los años la patente del aparejo.

«Gran ejemplo de humildad, señora, gran ejemplo de humildad.»

Entre tanto, la hija de Juan Martín, conturbada por el detalle inadvertido y temiendo que por otros signos se descubriese la piadosa substitución de la reliquia desaparecida, había dejado caer de nuevo la lona. Salieron del galpón, y mientras se alejaban iba pensando que era ridículo que ella, que había reunido en su casa de la calle Juncal muebles antiguos, venerables obras de arte, vinos añejos y cuadros del Renacimiento, no hubiera podido conseguir una máquina de afilar vieja de veinte años.

Fué el único pensamiento desagradable que tuvo aquel día.

Por la noche, sin embargo, sufrió una pesadilla atroz. Soñó que el padre había vuelto y todo lo realizado en los tres años que estuviera ausente se desvanecía como una pintura lavada con ácido: la Sociedad anónima, la casa colonial, el haras, la colonia de vacaciones. Don Juan Martín era más hosco, más intratable, más grosero que nunca. Dejaba que le rematasen la estancia a Alava y pretendía que Adolfito fuese a trabajar a las oficinas de la Empresa.

Y quería obligarla a ella a que le acompañase en sus paseos por la ciudad, mientras él iba empujando la vieja máquina de afilar y llamando la atención con su silbato.

¿No había acaso escoltado a la madre cuando iba al lavadero? Como un conjuro infernal, surgió ante ellos la figura de la madre, zafia, procaz, con un cesto de ropa blanca sobre la cabeza. Los tres echaron a andar por las calles aristocráticas, por los paseos distinguidos, por las playas de moda. Pasaban por entre filas de gente conocida que no la reconocían. Anonadada de vergüenza, oyó al obispo de Heráclea decirle, sacudiendo jovialmente la mitra:

«Gran ejemplo de humildad, señora, gran ejemplo de humildad.»

Bruscamente se le despertó un odio terrible contra el espectro—¿era verdaderamente su padre?—que la arrastraba en aquel paseo infamante. Toda la gente había desaparecido y se encontraban en un desierto rojo. Alzó el brazo para golpear al fantasma y se despertó sentada en la cama en su dormitorio de la estancia. Aunque el resplandor rojizo del velador le permitía darse cuenta de los muebles familiares, de los detalles conocidos, de su fisonomía misma, que el psyché reproducía en un ángulo de la habitación, permaneció largo rato con las pupilas agrandadas por el terror, temblando y a punto de llorar de miedo. ¿Había muerto efectivamente el padre? ¿Habían pasado de verdad tres años?

Poco a poco fué recobrando el sentido de la realidad. Reconstruyó todo lo ocurrido en ese espacio de tiempo y se dió cuenta que había sido víctima de una pesadilla. Pero aun así, su inquietud no desapareció por completo. ¿Podrían volver los muertos? Se quedó pensando en esta posibilidad, que nunca hasta entonces se le había ocurrido. Pero pronto la desechó. Aunque la Dirección de Cementerios no ofrece ninguna garantía al respecto, los muertos no vuelven. Eso para ella era una prueba más de que el Universo estaba perfectamente bien organizado.