Citábamos en nuestros artículos, como ejemplar de mujer realmente perversa, la pintada por don Juan Manuel en uno de los capítulos de El conde Lucanor. (El error... hasta cierto punto, á que aludíamos al comienzo consistía en haber llamado Pelegrina á esta mujer, siendo así que en otras versiones de la obra parece ser que se llama veguina, del francés béguine, es decir, hembra artera y falsa. Pelegrina dice la versión publicada en 1575 por Argote de Molina. El mismo apelativo lleva esa mujer en la lección impresa en Vigo en 1902. Pelegrina nos place más á nosotros por lo expresivo y pintoresco.) ¿Se puede comparar la vieja Celestina á la vieja Pelegrina? Por las artes de ésta—y un poco inverosímilmente—se enemista un pacífico matrimonio, el marido degüella á la mujer, riñen sangrientamente los deudos del marido y los de la mujer, traban también sanguinosa batalla todos los vecinos del pueblo. En Celestina no hay, en cambio, mas que enlabios, arterías y zangamangas.

No aparece por ninguna parte el abismo de perversidad ni la genialidad en el mal de la vieja. Muere Calisto. ¿Tiene Celestina la culpa de que Calisto se caiga de lo alto de una pared? Matan dos codiciosos criados á Celestina para robarla una cadena de oro. ¿Tiene Celestina la culpa de que estos hombres sean tan feroces que lleguen por un robo casi sin importancia, ó de poca importancia, á cometer tal crimen? Se suicida Melibea, angustiada por la desgracia de Calisto. ¿Podremos hacer de ello responsable á Celestina? Fatalidad, inexorabilidad del Destino—hemos escrito nosotros. Esa fatalidad de las cosas, esa ceguedad de la corriente eterna del mundo, que presta un atractivo misterioso y doloroso á La Celestina, lo mismo que más tarde al Don Álvaro ó á la maravillosa novela de Camilo Castello Branco Amor de perdición.

Pero Cejador no lo ve así. «¡Sortilegio, encantamiento, maleficio, pacto!»,—exclama nuestro amigo, dejándonos un poco despavoridos. Mas nos recobramos de nuestro espanto y apartamos lejos de nosotros toda intervención extrahumana. No hemos citado indeliberadamente la obra de don Juan Manuel. Compárese El conde Lucanor con La Celestina y se verá la experiencia y la madurez de un autor al lado de la inexperiencia y de la mocedad del otro. En 1854 don Pascual Gayangos publicó un estudio sobre El conde Lucanor en la Revista Española de Ambos Mundos (número correspondiente á Agosto). «Su autor—decía Gayangos hablando de don Juan Manuel—se manifiesta constantemente superior á su siglo y libre de muchas de las preocupaciones que á la sazón reinaban. En los capítulos XI y XIII se burla de los que ponen su fe en falsos agüeros y vaticinios, y el XX es una sátira punzante de los frailes y sus pretensiones. En el VIII se ríe de su tío don Alfonso el Sabio porque da crédito á las patrañas de los alquimistas y pretendía haber descubierto la piedra filosofal.» «Toda la obra—añade Gayangos—respira la observación fría y sagaz del hombre experimentado que conocía á fondo el corazón humano y que ha sufrido demasiado para conservar las engañosas ilusiones de la juventud.»

¿Se concibe al retratista de la Pelegrina dando crédito en su obra á hechicerías, pactos demoníacos y sortilegios? Quien se reía de los horóscopos, de la piedra filosofal, de los sortilegios, no podía menos de hacer un retrato verdaderamente humano, sólo humano, de una mujer perversa. Si el autor de La Celestina hubiera escrito su libro, no en la mocedad—como parece ser—, sino ya maduro, corrido y desengañado, seguramente que en su retrato de Celestina no hubiera puesto todo ese aparato excesivo y estrafalario de influencias extraterrestres y diabólicas. Y si de todos modos lo hubiera puesto, á nosotros, hombres de ahora, hombres modernos, nos toca prescindir mentalmente de él y considerar que si pasó lo que pasó en La Celestina, no fué por obra misteriosa y siniestra de Satanás—¡qué horror!—, sino porque asi vinieron las cosas.

DEJEMOS AL DIABLO...

Cuatro palabras para terminar—por nuestra parte y cordialmente—la amistosa discusión que venimos sosteniendo con Julio Cejador... La viejecita Celestina se halla recogida en su casa. Vive muy lejos, allá fuera de la ciudad, en la cuesta del río. Cerca están las tenerías. No muy distante se ve un viejo puente por donde pasan viandantes y carros. La casa de Celestina es chiquita, medio caída; lo principal—y casi lo único—de ella lo compone una camarilla con una ventanita; por la ventanita se columbra el río manso y claro que discurre por debajo del puente y luego se aleja entre dos filas de verdes álamos, unos campos labrados, la silueta azul de unas remotas montañas. De la ciudad llegan, de cuando en cuando, los campaneos de sus iglesias. En la habitación de Celestina hay dos ó tres filas de anchos vasares y un reducido armario: en los vasares forman, cuidadosamente colocados, botecillos, picheles y redomas de diversos tamaños y colores. Encierran esos botes y frascos variedad de ungüentos, aceites, mixturas, grasas y jarabes; de todos estos aceites y ungüentos, unos curan dolores, otros—aunque Celestina lo crea—no curan nada. Hacecillos de hierbas montaraces penden del techo y de las paredes. Reposan en el armario, bien guardados, algunos objetos y trebejos de apariencia y usos extraños. Aquí hay soga de ahorcado, piedra del nido del águila, espina de erizo, pie de tejón. Todas estas cosas, aunque en ocasiones Celestina las venda muy caras y misteriosamente á gentes que han perdido un poco el seso, lo cierto es que no sirven para nada. En una cajuela la viejecita tiene sus instrumentos más preciados: unas finísimas agujas y un sutilísimo hilo de seda. Y tampoco esto sirve para gran cosa; pero sí puede engañarse con ello—alguna vez—á los papanatas y á los incautos, á los incautos sobre todo, gente atropellada y que no repara en detalles.

Celestina se encuentra en un momento crítico; va á invocar á Satanás. Necesita que el demonio le ayude en un trance en que se halla metida. Ya ha cerrado la ventanita que mira al río y ha encendido una vela (no la vela que se enciende á San Miguel, sino la que se enciende al diablo). De todo su poder evocador va á usar Celestina; del más formidable aparato mágico va á echar mano; del conjuro más poderoso, más fuerte, más inapelable va á servirse. Todo es silencio y misterio en la estancia. (Pero á lo lejos, de las tenerías, llegan unos cantos populares y picarescos que desazonan un poco á la viejecita.)

Celestina exclama, tratando de ahuecar la voz y haciendo terribles aspavientos:

—Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la corte dañada, capitán soberbio de los condenados ángeles, señor de los sulfúreos fuegos que los hirvientes étnicos montes manan, gobernador y veedor de los tormentos é atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de las tres furias: Tesifone, Megera y Aleto; administrador de todas las cosas negras del reino de Stigie y Dite, con todas sus lagunas y sombras infernales y litigiosos caos; mantenedor de las volantes arpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas hidras...

Se detiene un poco Celestina; no es para menos; la invocación que acaba de hacer entra en la categoría de las más solemnes invocaciones. Luego continúa: