Leyendo las páginas consagradas por Alomar al futurismo, como leyendo algunas de sus poesías, se percibe en nuestro artista este espiritual é íntimo conflicto que acabamos de esbozar. Lo encontraremos también en algunos grandes pensadores, que á la par eran delicados artistas. En esa lucha íntima, en ese febril desasosiego perduró Enrique Heine durante toda su vida. Si al fin un excelso compatricio suyo—Goethe—logró alcanzar la serenidad tras ese trágico conflicto, ¿cuánto y cuán dolorosamente trabajó para alcanzarla? Y ¿hay derecho á alcanzarla sembrando la angustia y la desesperanza en las almas que nos rodean? ¿No valdrá más la piedad efusiva de un Francisco de Asís que la serenidad olímpica de un Goethe?

Sobre la tradición y la innovación, sobre el sentimiento del pasado y el ansia de lo porvenir, tiene páginas Alomar en su Futurismo de un caluroso estro lírico. Esas páginas, como sus poesías, traducen el fuego interno, la inquietud de su alma de artista. Un admirable artista—plasmador de la prosa, cincelador del verso—es Gabriel Alomar. Señalemos cordialmente su estancia entre nosotros. De desear sería que sus compañeros de letras en Madrid le testimoniaran públicamente su respeto y su admiración.

UNA ANTOLOGÍA OLVIDADA

Recientemente leíamos las poesías de fray Luis de León y los primeros volúmenes de versos de Gabriel D’Annunzio. Conforme avanzábamos en la lectura notábamos de nuevo lo que ya anteriormente habíamos observado: el ambiente italiano que por las poesías de fray Luis circula. Á la distancia de varios siglos, en el poeta español percibíamos algo inefable, inconcretable, indefinible, que en el poeta italiano de estos días respirábamos. No se trata de reminiscencias, ni de rasgos análogos en la técnica, ni de idéntica fraseología. Podrá haber algo de todo esto; pero hay algo más: una cierta atmósfera espiritual que circunda por igual á uno y otro poeta. De estas afinidades se pueden señalar muchas en las letras: un escritor español, por ejemplo, que haya frecuentado los libros de Flaubert y que sea un temperamento original, tendrá siempre una cierta polarización intelectual pareja con la del novelista francés. No descubriréis imitaciones, ni tal vez analogías técnicas; pero sí una dirección ideal idéntica y casi imposible de expresar con palabras. Nuestro fray Luis leyó mucho y tradujo al Petrarca y á Bembo; amaba apasionadamente á Italia; era su espíritu—ardiente é impetuoso—similar al de un italiano del Renacimiento. Y sobre todo esto—como el poeta moderno italiano—, enamorado de la antigüedad clásica. ¿Qué extraño tiene que apasionado fray Luis de la lírica y del ambiente italianos, admirador al propio tiempo de los poetas griegos y latinos; qué extraño tiene, repetimos, que se perciba en sus versos el hálito particular que ahora, al cabo de cuatro siglos, percibimos en Gabriel D’Annunzio? Y, sin embargo, á primera vista, y para nuestros pétreos y herméticos eruditos, ¡qué extraño—y aun qué irreverente—ha de parecer este acercamiento, á través del tiempo, de los dos tan lejanos y diversos poetas!

La lectura indicada suscitó en nosotros el deseo de leer á fray Luis en italiano, á fray Luis y á otros poetas—Boscán, Garcilaso—que con fray Luis han ido espiritualmente á Italia en busca de orientación. Fácilmente podíamos satisfacer nuestro deseo; al alcance de la mano teníamos una breve antología de poetas clásicos españoles puestos en la lengua de Petrarca. Publicó esta colección don Juan Francisco Masdeu. Vió la luz en Roma en 1786; la estampó Luigi Perego Salvioni. Se titula: Poesie di ventidue autori spagnuoli del cinquecento. El traductor hace seguir su nombre de su calidad de barcellonese, y ostenta su título de arcade. Sibari Tessalicense se llamaba Masdeu entre los arcades. La antología consta de dos volúmenes, publicados en el mismo año y con paginación correlativa. Veintidós poetas, como se indica en el título, son los autores traducidos: uno de ellos no es castellano, sino portugués: Camoens. Los poetas que Masdeu traslada al italiano son: Alcázar, Lupercio Argensola, Bartolomé Argensola, Balbuena, Boscán, Camoens, Cetina, Ercilla, Figueroa, Frías, Garcilaso, Góngora, Herrera, León, Lomas Cantoral, Martín, Hurtado de Mendoza, Quevedo, Rioja, Squilache, Lope de Vega, Villegas. Á estos poetas añade Masdeu el nombre de San Francisco Xavier. Á San Francisco Xavier atribuye Masdeu el célebre soneto No me mueve, mi Dios, para quererte... Al final del libro lo ofrece traducido para cerrar la antología.

El traductor de nuestros poetas presenta en una página el texto original, y en la frontera su versión italiana. Un breve prólogo precede á las traducciones. Da también el autor noticias sucintas de cada poeta traducido. En el prólogo nos dice Masdeu que generalmente se cree que las características de nuestros poetas son «el desorden de la imaginación, la hinchazón en el hablar y la agudeza en los pensamientos». (¿Por qué entonces nos dice el autor, en su noticia de Góngora, que este poeta, en las poesías cortas y de arte menor, marchó por el buen camino; «pero que en las demás composiciones, así líricas como épicas y teatrales, caminó por sendas erradas, afectando la hinchazón, las agudezas y las antítesis»? Pues Góngora es uno de los capitales poetas clásicos de los que más han influído en España.) Los poetas españoles—nos dice Masdeu—no son hinchados ni caóticos. Son esos rumores infundados; los han hecho correr, «desde el siglo pasado, los enemigos de las armas de España». Para demostrar la falsedad de tales especies, lo mejor que le ha parecido á Masdeu es poner en italiano á los dichos poetas. No ha dudado en hacerlo. Doce años atrás tradujo también á la lengua del Dante el Aljedrez, de Jerónimo Vida. Los «efemeridistas romanos» censuraron su traducción; de ella dijeron que estaba escrita con «spagnuola patavinità». Afortunadamente, otros cultos italianos intervinieron en la contienda y defendieron cumplidamente á Masdeu.

Las noticias que nuestro autor da de los poetas traducidos son breves y casi anodinas. Acá y allá se encuentra de raro en raro algún rasgo interesante. De Alcázar elogia Masdeu «la delicadeza de sus epigramas y demás poesías cortas». Las tragedias de Lupercio Leonardo Argensola le parecen que «tienen varios defectos notables, pero que son mucho mejores que todas las demás tragedias del siglo décimosexto de franceses, ingleses é italianos». Al mérito de Balbuena «no ha correspondido la fama ni el concepto que suelen tener de él los mismos españoles»; su poema épico el Bernardo es «el mejor tal vez que se haya hecho en lengua castellana». (Luego veremos que, decididamente, el primero es La Araucana; y con esto está en lo cierto Masdeu.) Las poesías de Boscán son «ingeniosas y elegantes y deben estimarse mucho, porque sirvieron de modelo para los demás poetas castellanos de aquel siglo». El poema La Araucana «es algo falto de invención en su principal argumento», pero es admirable en lo demás; «en la estimación de los hombres ha merecido tener el primer lugar entre los muchos poemas que tiene la lengua castellana». «El señor de Voltaire hizo de él un juicio en que quiso distinguirse, según su costumbre, por la extravagancia. Dice que el razonamiento de Colocolo á los indios araucanos es infinitamente mejor que el que hizo Néstor á los capitanes griegos en la Iliada, de Homero; pero que en lo restante de la obra de Ercilla no hay otra cosa buena. Son dos extremos dignos igualmente de censura.» Góngora fué el que, por distinguirse, introdujo en España «la corrupción de Italia». Enemigos de la nueva manera fueron «Bartolomé Leonardo de Argensola, Francisco de Quevedo, y aun Lope de Vega, á quien, sin embargo, algunos extranjeros, ó por grosera ignorancia, ó por echar sus cabras al corral de otro, atribuyen la introducción del mal gusto». Las poesías de fray Luis «son muy estimadas por su llaneza, sublimidad, y, sobre todo, por la lindura y propiedad del lenguaje». Hurtado de Mendoza «en medio de sus grandes ocupaciones literarias y políticas y de su extraordinaria fealdad de rostro, vivió muy dedicado á los amores, que le ocasionaron muy graves disgustos, singularmente en Roma. Esta ardiente pasión de Mendoza nos ha privado de la mayor y mejor parte de sus poesías, las cuales hasta ahora no se han impreso por su sobrada indecencia». Lope de Vega escribió copiosísimamente; á pesar de tal abundancia, «sus poesías líricas y pastoriles son casi todas de buen gusto. Sólo pudo pegársele en Nápoles un poco de la corrupción poética del seiscientos, que era ya común y antigua en Italia». Donde claudicó Lope fué en sus obras épicas y teatrales. «Fuera de muy pocas comedias perfectas, todas las demás, aunque llenas de mil preciosidades (de que han robado todas las naciones), son defectuosas.» Conocíalo el mismo Lope: excusábase diciendo que lo hacía por agradar al público, «y, sobre todo, á las mujeres, que son las árbitras del teatro». (Tomen nota los autores dramáticos de hogaño.) «Los mayores poetas de Europa han tenido la misma flaqueza. Molière, muchas veces, no tanto atendió á las reglas cuanto al designio de Luis XIV de divertir al pueblo. Shakespeare ha caído con frecuencia en excesos increíbles para seguir el gusto de su nación. Metastasio ha hecho de propósito varios monstruos deliciosísimos para dar gusto á las gentes. Es muy conforme á la flaqueza humana el buscar el aplauso popular, aunque sea luchando contra la propia razón.»

En los fragmentos de Boscán que Masdeu copia en castellano, para traducirlos, suprime, dejándolos en blanco, numerosos versos; de esos versos sólo conserva la palabra final. Lo mismo hace con otros fragmentos de Bembo, en que Boscán se ha inspirado y que nuestro autor cita en nota. La razón que da Masdeu es que de estampar esos versos suprimidos pudiera con ello «ofenderse la modestia». No nos parece que, caso de haber ofensa, fuera precisamente la modestia la ofendida.

Menéndez y Pelayo, en el prólogo á su Antología de poetas líricos castellanos, habla de algunas antologías análogas á esta de don Juan Francisco Masdeu; pero no cita la de nuestro autor. Menciona Menéndez y Pelayo las traducciones francesas de Maury y las italianas de Conti. ¿Por qué no tener un recuerdo para esta empresa simpática de Masdeu? Hablando de Conti, escribe el erudito montañés: «Puso en lengua toscana, con singular elegancia y armonía, muchas obras de Boscán, Garcilaso, fray Luis de León, Herrera, los Argensola y otros poetas clásicos nuestros». Por lo que respecta al arte de traductor de Conti, pueden verse en la antología de Masdeu las notas dedicadas á poner de relieve las infidelidades é inexactitudes de Conti en su traducción de Garcilaso.

Otro gran erudito se ha olvidado también del libro de Masdeu; aludimos al querido maestro Foulché-Delbosc. El director de la Revue Hispanique no cita á Masdeu en su Bibliografía de Góngora. No pretende Foulché-Delbosc «disimularse ni las lagunas ni las imperfecciones» de su trabajo. El primer libro que se menciona en dicha bibliografía es la traducción de Las Lusiadas, publicada en 1580 por Gómez de Tapia; figura en el volumen una poesía de Góngora; tenía entonces el poeta cordobés diez y nueve años. Foulché-Delbosc va citando luego, tanto todas las ediciones de Góngora como aquellos libros en que figuran, por varios títulos, composiciones suyas. De estos últimos son, por ejemplo, algunas biografías de Cervantes (la de Pellicer, la de Navarrete); la Agudeza y arte de ingenio, de Gracián; el primer número de El Criticón, de Gallardo (en que se transcriben dos poesías del vate cordobés); la citada Espagne poétique, de Maury... La mención de la antología de Masdeu (con dos canciones de Góngora) era, como se ve, oportuna. Merece ser recordada esta colección estimable formada por un hombre que sentía vivo amor á su país y que procuraba estimar y juzgar las cosas de su país con cierto sentido de reserva y de crítica, no reñido con el más acendrado patriotismo.