Pues esa, señor mío, dijo Critilo, es una advertencia tan cortesana, cuan precisa, si ya no prolija; mas para la necedad nunca sobran avisos.
No, replicó el cortesano: no lo entendéis. Perdóneme el autor y enseñe todo lo contrario. Diga, que sí, que miren todos y vean lo que son en lo que echan. Advierta el otro presumido de bachiller y conózcase que es un rapaz mocoso, que aún no discurre ni sabe su mano derecha: no se desvanezca. Entienda el otro, que se estima de nasudo y de sagaz, que no son sentencias ni sutilezas las que piensa; sino crasicies, que destila del alambique de su nariz aguileña. Persuádase la otra linda que no es tan ángel como la mienten ni es ámbar lo que alienta; sino que es un albañal afeitado. Desengáñese Alejandro que no es hijo de Júpiter; sino de la pudrición y nieto de la nada. Sonado
mocoso. Entienda todo divino que es muy humano y todo desvanecido que, por más viento que tenga en la cabeza y por más humo, todo viene á resolverse en asco y, cuando más sonado, más mocoso. ¡Eh!, conozcamos todos y entendamos que somos unos sacos de hediondez: cuando niños, mocos; cuando viejos, flemas; y cuando hombres, apostemas.
Esta otra, que se sigue, es totalmente superflua. Dice que por ningún caso el cortesano, estando con otros, se saque la cera de los oídos ni la esté retorciendo con los dedos, como quien hace fideos. Pregunto, señores: ¿quién hay que pueda hacer esto? ¿Á quién han dejado ya cera en los oídos unos y otras, aquéllos y éstas; cuanto menos, que sobre para hacer fideos? Mas sin cera está la era. Lo que él había de encargar es que no nos la sacasen tanto embestidor, tanta harpía, tanto agarrador, tanto escribano y otros que callo.
Pero con la que yo estoy muy mal, es con aquella otra, que enseña que es grande vulgaridad, estando en un corrillo ó conversación, sacar las tijerillas del estuche y ponerse muy de propósito á cortar las uñas. Ésta la tengo por muy perniciosa doctrina, porque á más de que ellos se tienen buen cuidado de no cortárselas ni aun en secreto, cuanto menos en público, fuera mejor que mandara se las cortaran delante de todo el mundo, Señor
almirante. como hizo el almirante en Nápoles, pues todo él está escandalizado de ver algunos cuán largas las tienen. ¡Sí!, ¡sí señor! Saquen tijeras, aunque sean de tundir; mas no de trasquilar. Y córtense estas uñas de rapiña y atúsenlas hasta las mismas manos, cuando las tienen tan largas.
Algunos hombres hay caritativos, que suelen acudir á los hospitales á cortarles las uñas á los pobres enfermos. ¡Gran caridad es por cierto! Pero no fuera malo ir á las casas de los ricos y cortarles aquellas uñas gavilanes, con que se hicieron hidalgos de rapiña y desnudaron á estos pobrecitos y los pusieron por puertas y aun los echaron en el hospital.
Tampoco tenía que encargar aquello de quitar el sombrero con tiempo. ¡Gran liberalidad de cortesía es ésta! No sólo quitan ya el sombrero, sino la capa y la ropilla, hasta la camisa, hasta el pellejo, pues desuellan al más hombre de bien y dicen que le hacen mucha cortesía. Guardan otros tanto esta regla, que se entran de gorra en todas sus partes. Á esta traza os aseguro que no hay regla con regla.
Cortesía
engaño. Ésta, que leo aquí, es sin duda contra toda buena moralidad. Yo no sé cómo no la han prohibido. Dice que, cuando uno se pasea, no vaya con cuidado á no pisar las rayas ni atienda á poner el pie en medio, sino donde cayere.
¿No digo yo? ¡En lugar de aconsejar al cortesano que atienda mucho á no pisar la raya de la razón ni pasarla, que esté muy á la raya de la ley de Dios, que lo contrario es quemarse, y que no pase los límites de su estado, que por eso tantos han caído, que no pise la raya, sino el espacio, que eso es compasarse y medirse, que no alargue más el brazo ni el pie de lo que puede! Todo esto le aconsejaría yo: que mire dónde pone el pie y cómo lo asienta, vea dónde entra y dónde sale, pise firme siempre en el medio y no vaya por extremos, que son peligrosos en todo, y eso es andar bien.
¡Señor, que no vaya hablando consigo, que es necedad!
¿Pues con quién mejor puede hablar, que consigo mismo? ¿Qué amigo más fiel? Háblese á sí y dígase la verdad, que ningún otro se la dirá. Pregúntese y oiga lo que dice su conciencia, aconséjese bien, dé y tome consigo y crea que todos los demás le engañan y que ningún otro le guardará secreto, ni aun la camisa al rey don Pedro.