¡Que no pegue de golpes hablando, que es aporrear alma y cuerpo!

Dice bien, si el otro escucha; ¿pero si hace el sordo y á veces á lo que más importa? ¡Pues qué, si duerme! Menester es despertarle. Y hay algunos, que aun á mazadas no les entran las cosas ni se hacen capaces de la razón. ¿Qué ha de hacer un hombre, si no le entienden ni le atienden? Por fuerza ha de haber mazos en el hablar, ya que los hay en el entender.

¡Que no hable recio ni muy alto, que desdice de la gravedad!

¡Según con quien habla! Crea que no son buenas palabras de seda para orejas de buriel.

¡Pues qué otra ésta! Que no haga acciones con las manos, cuando habla, ni bracee, que parece que nada, ni saque el índice, que parece que pesca.

No fuera malo aquí distinguir de los que las tienen malas á los que buenas. Y las que se precian dellas, toman aquí el cielo con las manos. Con licencia deste autor, yo diría lo contrario, que haga y diga, no sea todo palabras, haya acción y ejecución también. Hable de veras. Si tiene buena mano, póngala en todo.

Dichos
y hechos.
Así como tiene algunas reglas superfluas, otras tiene muy frías, como lo es ésta: que no se acerque mucho, cuando hablare, ni salpique, que verdaderamente algunos poco atentos en esto, deberían avisar antes de abrir la boca y decir: ¡agua va!, para que se apartasen los oyentes ó se vistiesen los albornoces, porque de ordinario éstos hablan sin escampar.

Yo, señores, por más dañoso tengo el echar fuego por la boca, que agua, y más son los que arrojan llamas de malignidad, de murmuración, de cizaña, de torpeza y de escándalo. Harto peor es echar espumajos, sin decir primero: ¡cólera va!

Reprehenda el vomitar veneno, que ya niñería es el escupir. Poco mal puede hacer una rociada de perdigones. Dios nos libre de la bala rasa de la injuria, de la jara de una barrilla, de la bomba de una traición, de las picas en picones y de la artillería del artificio maldiciente.

También hay algunas muy ridículas, como aquella otra que, cuando hablare con alguno, no le esté pasando la mano por el pecho ni madurando los botones de la ropilla, hasta hacerlos caer á puro retorcerlos.