Los encantos de Falsirena.

Fué Salomón el más sabio de los hombres y fué el hombre á quien más engañaron las mujeres. Y con haber sido el que más las amó, fué el que más mal dijo dellas. Argumento de cuán gran mal es el del hombre la mujer mala y su mayor enemigo. Más fuerte es que el vino, más poderosa que el rey y que compite con la verdad, siendo toda mentira. Más vale la maldad del varón, que el bien de la mujer, dijo quien más bien dijo, porque menos mal te hará un hombre que te persiga, que una mujer que te siga.

Mas no es un enemigo sólo; sino todos en uno, que todos han hecho plaza de armas en ella. De carne se compone, para descomponerle. El mundo la viste, que para poder vencerle á él, se hizo mundo della. Y la que el mundo se viste, del demonio se reviste en sus engañosas caricias.

Gerión de los enemigos, triplicado lazo de la libertad, que difícilmente se rompe. De aquí sin duda procedió el apellidarse todos los males hembras, las furias, las parcas, las sirenas y las harpías, que todo lo es una mujer mala.

Hácenle guerra al hombre diferentes tentaciones, en sus edades diferentes, unas en la mocedad y otras en la vejez; pero la mujer en todas. Nunca está seguro dellas ni mozo ni varón ni viejo ni sabio ni valiente ni aun santo. Siempre está tocando al arma este enemigo común y tan casero, que los mismos criados del alma la ayudan, los ojos franquean la entrada á su belleza, los oídos escuchan su dulzura, las manos la atraen, los labios la pronuncian, la lengua la vocea, los pies la buscan, el pecho la suspira y el corazón la abraza. Si es hermosa, es buscada; si fea, ella busca. Trono de la
necedad.
Y si el cielo no hubiera prevenido que la hermosura de ordinario fuera trono de la necedad, no quedara hombre á vida, que la libertad lo es. ¡Oh, cómo le previno el escarmentado Critilo al engañado Andrenio! Mas ¡qué poco le aprovechó!

Partió ciego á buscar luz á la casa de los incendios. No consultó á Critilo, temiéndole severo. Y así solo y malguiado de un pajecillo, que suelen ser las pajuelas de encender el amoroso fuego, caminó un gran rato, torciendo calles y doblando esquinas.

Mi señora, decía el rapaz, la honestísima Falsirena vive muy fuera del mundo, ajena del bullicio cortesano, ya por natural recato, haciendo desierto de la corte, ya por poder gozar de la campaña en sus alegres jardines.

Llegaron á una casa, que en la apariencia aún no prometía comodidad, cuanto menos magnificencia, estrañándolo harto Andrenio. Mas luego que fué entrando, parecióle haber topado el mismo alcázar de la aurora. Porque tenía las entradas buenas á un patio muy desahogado, teatro capaz de maravillosas apariencias. Y aun toda la casa era harto desenfadada. En vez de firmes atlantes en columnas, coronaban el atrio hermosas ninfas por la materia y por el arte raras, asegurando sobre sus delicados hombros firmeza á un cielo, alternado de serafines; pero sin estrellas.

Amor llorando
quema.
Señoreaba el centro una agradable fuente, equívoca de aguas y fuegos, pues era Cupidillo, que cortejado de las Gracias, ministrándole arpones todas ellas, estaba flechando cristales abrasadores, ya llamas y ya linfas. Íbanse despeñando por aquellos nevados tazones de alabastro, deslizándose siempre y huyendo de los que le seguían y murmurando después de los mismos que lisonjearon antes.

Donde acababa el patio, comenzaba un Chipre tan verde, que pudiera darlo el más buen gusto; si bien todas sus plantas eran más lozanas que fructíferas, todo flor y nada fruto. Coronábase de flores, vistosamente odoríferas, parando todo en espirar humos fragantes. El vulgo de las aves le recibió con salvas de armonía; si ya no fué darle la vaya, silbándole á porfía el Céfiro y Fabonio, que él lo tuvo todo por donaire.